Os lo dedico a todos vosotros..."El vendedor de sueños"...
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Bueno, sé que no es deco,pero llevo unos diitas viendo que hay compis pasando una mala rachita,ya sea por falta de ilusión,por problemillas o simplemente por la sociedad que hemos creado queparece que cada día es más complicada y menos humana...y sé que por ahí pasamos todos y todos no lo decimos asi que quiero dedicaros este texto de "EL VENDEDOR DE SUEÑOS"
A mi me ha encantado, espero que a vosotros también...
El Vendedor de Sueños![]()
Aquí, en una banca como esta, todos los días después del crepúsculo, se sentaba el vendedor de sueños. Su aspecto era como el de cualquier otro que ocupara los asientos de la plaza; lo que lo diferenciaba era un pequeño maletín, un maletín como este en donde guardaba su mercancía.
Como ustedes saben hay solamente dos tipos de sueños: los profundos y los livianos. Pero eso no es lo que importa, lo importante, lo caro, son los aderezos.
Sin importar que fueran profundos o livianos, un sueño podía ser dulce y reparador. O apacible, o fugaz, o delicioso, o tierno, o desenfrenado, o extraño, o divertido, o erótico. En fin cada sueño era como un traje y se adaptaba al gusto de cada cliente.
Así, cada noche venía la gente de los alrededores a comprar su sueño con los aderezos más insospechados. Sueños que los convertían por un instante tal vez en otras personas.
Una noche se acercó una mujer de aspecto normal, sencillo más bien, y se sentó al otro lado del banco. El la miró sin detallarla y no le pareció una cliente potencial así que la ignoró. Al rato, después de que casi todos sus clientes habituales se habían ido, la mujer le preguntó de pronto.
— ¿Tiene ilusiones?
El vendedor, al ver el aspecto común de aquella mujer, tardó en responder.
—Si. —le dijo finalmente.
—Quiero una.
—Son caras.
—Lo sé.
—Cuando digo caras me refiero a que son realmente caras —le dijo el vendedor volviendo a repasar el aspecto de la mujer.
—Quiero una –dijo la mujer y le entregó un manojo grande de billetes.
Ante aquella convicción, abrió despacito el bolsillo pequeño del maletín donde guardaba las ilusiones.
—Tengo que guardarlas así, usted sabe, son muy escurridizas —explicaba mientras desataba tres pañuelos.
Extrajo una con mucho cuidado y la colocó en la mano extendida de la mujer.
—Atrápela con las dos manos. Y tenga cuidado, no se la vaya a volar el viento. Ja. Imagínese, una ilusión volando por ahí... Uno no sabe a quién va a atropellar.
Pero a la mujer no le hizo gracia el chiste, apretó su ilusión entre las manos como le había indicado el vendedor y se fue.
Al vendedor le dio mucha curiosidad que alguien como ella comprara una ilusión. Ya había terminado su trabajo por hoy y no tenía nada que hacer así que decidió seguirla. Después de caminar un largo trecho llegó hasta una casa un tanto vieja y abandonada donde ella entró. Cuidadosamente se asomó por la ventana y vio una habitación en la que no había muebles, ni cuadros y la luz era más bien poca. La mujer tomó cuidadosamente la ilusión que recién había comprado y la depositó en un matero que había en el centro de la habitación. Inmediatamente comenzaron a crecer flores hasta formar un ramo grande de diferentes colores. La mujer se sentó entonces en el piso a contemplarlas mientras comía un pedazo de pan que sacó de un bolsillo.
Ahí estuvo sentada un largo rato, sonriente, sin hacer otra cosa que mirar las flores y comer pan.
Aburrido ya, el vendedor decidió regresar a su casa. Al día siguiente volvió la mujer y compró sin protestar otra ilusión. Y al día siguie




