Agarras unos cachos de lija al agua del número mil y los pones en un recipiente ancho con agua. Lijas suavemente la parte manchada. Cuando notes una leve viscosidad en la superficie, devuelves la lija al agua y coges otro cacho.
No lijes mucho, por si acaso: más vale excederse por defecto que por exceso.
Limpia y seca bien la superfície. Si una vez seca siguen apareciendo las manchas, repite el lijado; siempre con suavidad y sin ejercer apenas presión.
Una vez eliminadas las manchas verás con horror que en la parte lijada ha desaparecido el brillo del barniz: ¡¡no te asustes!!
Pones un bonete de algodón al taladro y lo pasas repetidamente por la superfície hasta que saques brillo. Si hemos lijado tanto que el brillo no se recupera puedes probar a darle con pulimento (cualquiera que tengas por casa vale) y de nuevo con el bonete. Si a pesar de ello no sale el brillo, entonces hay que volver a lijar para eliminar restos de pulimento y barnizar de nuevo.