Arriba, arriba..... ándale, ándale, cuate , que aquí hay tomateeeeeeeeeeeeeeeeee, tomate fritoooooooooooo No se me ha ido la pinza, no , bueno, o por lo menos no más de lo habitual. ¿Os acordáis de aquel anuncio? Era de dibujos animados y salía un chamacote bigotón que hacía que mis ojos se abrieran como platos cada vez que aparecía. Hay que ver lo que hace la publicidad, como deseaba probar aquel tomate, que además mi madre se negaba a comprar , ya que decía que esos tomates fritos no valían para nada, ella usaba el natural y lo preparaba en casa, y mientras yo seguía salivando cada vez que salía el del bigote. Creo que, el que mi madre nunca comprara ese tipo de tomates, fue lo que me empujo a probarlo en cuanto me fui de casa. No he vuelto a comprar un bote de tomate frito desde entonces, hay que ver lo lista que era la condenada.
Os estaréis preguntando porque os cuento todo esto y que tendrá que ver con mi receta de hoy (que en realidad no es mía, sino de Marta, bueno de las dos. La verdad es que quitando el tono que te sale de de ándale, ándale, como pican las puñeteras (con acento mejicano) , cuando las metes en la boca, más bien poco. Pero en cuanto las probé me vino el anuncio a la cabeza y me apetecía recordarlo. Hay que ver lo que nos marcaban entonces los anuncios. Como no había tantas cadenas de televisión, nos los sabíamos de memoria.
Por supuesto el picante se puede suprimir, pero ya no serían las mismas, así que ármate de valor que con este frío entraremos en calor rápidamente.


Si os gusta el picante no dejéis de hacerlas que están buenísimas.
La próxima entrada os prometo que será dulce que ya lo hecho en falta.