
No se habían visto nunca y coincidieron en la cocina. Venían de lugares distintos. El bacalao era de Islandia. El aguacate, de Centroamérica. El tomate era de una huerta próxima. Las aceitunas negras, de Aragón. Y la tapenade, que no deja de ser aceituna machacada por la vida, de la Provenza. Constituían un grupo heterogéneo con escasos puntos en común. ¿Para qué les había reunido la cocinera en aquella mesa de trabajo? El bacalao, que era el más salado del grupo, hacía bromas fruto del nerviosismo por no saber qué suerte le esperaba. El aguacate, soso entre los sosos, no entendía su papel en aquella función. "¡Si sólo sirvo para hacer guacamole y en mi vida he cruzado media palabra con un bacalao!", decía tímidamente. La tapenade se reía de la situación. Peor no le podía ir. Siempre había estado machacada. "¡Haré un canelón de bacalao, cariño!", oyeron que decía la cocinera. El grupo se sorprendió. "¿Un canelón? ¿Y con qué pasta?" Se miraron los unos a los otros pero, finalmente, todos los ojos coincidieron en el bacalao que era el único que tenía las carnes suficientemente prietas para ser enrolladas sin romperse. "¡Un canelón de bacalao! ¡Esos humanos están locos!", dijo sorprendido y resignado.
