Detrás de todo personaje, siempre se esconde un hombre. Un hombre al que acompaña una mujer y que, como los demás, siente el paso lento de las jornadas sin esperanza o el ritmo arrollador de los días felices; un ser que ama y sufre, duda y se recupera. Y en ocasiones, los hechos, las decisiones y las actuaciones tienden a borrar con su peso la imagen del hombre que va detrás de ese personaje. En el número 16 de la calle Príncipe está la casa de mis abuelos. Ahora es na casa moderna que apenas recuerda la antigua construcción de adobe y madera. La avenida que hay frente a la casa, también ha cambiado, antes era un camino polvoriento, transitado únicamente por carretas de mulas, caballos y carretones de bueyes, con el paso del tiempo, se transformó en una avenida que arrasó los árboles donde mi padre y sus amigos cazaban gorriones. Hoy sufre el paso de coches con prisa, algún que otro bocinazo y gente que cruza, temerosa de ser atropellada. Todo esto lo ha visto la casa de mis abuelos, y aunque ella misma ha cambiado tanto, el rosal del patio es el mismo que, cuando nació su primer hijo, plantó mi abuela Victoria, la mujer que en las épocas buenas y en las muchas malas, siempre acompañó al viejo luchador. La preocupación de la abuela Victoria, en los primeros tiempos de vivir en la casa, fue convertir un rincón del gran patio en un jardín, un hermoso jardín donde pasaría todo el tiempo posible. Con los primeros rayos de sol primaveral empezaba a salir a su jardín armada con una silla de enea y la cesta de mimbre llena de ropa para coser, remendar, y cuando no había qué remendar…bordar. Eso sí, rodeada de las flores que, decía, le daban la vida que los quehaceres diarios le quitaban. El abuelo era un hombre que hipnotizaba, hay una imagen suya que nunca podré olvidar. Era un día de otoño, frío, y él estaba vestido como siempre, pantalón marrón de pana ancha, chaqueta de paño grueso raída en los bajos y en los bordes de las mangas y llevaba también su inseparable boina negra. Lo vi salir al patio, como todos los días, y fui tras él. Allí, cerca del pozo se detuvo y empezó a tirar migas de pan y granos de trigo que llevaba en la mano. Y los gorriones bajaron a comer y algunos se le posaron en los hombros.
CEBREIRO, GROSELLAS ROJAS Y PISTACHOS