
Hace algo más de 2 años publiqué en el blog la preparación de la cheesecake con salsa de frutos rojos. Era la receta que usaba cuando me apetecía comer este postre o cuando hacía alguna tarta para regalar. Me gustaba mucho como quedada y hasta la fecha no me había dado problemas. Pero la semana pasada preparé una cheesecake siguiendo mi receta al pie de la letra y mientras se estaba enfriando en el horno se agrietó, la inesperada grieta me sorprendió porque nunca me había pasado eso con la tarta de queso. Siempre he cuidado de no batir en exceso la mezcla de queso y huevos y, soy muy paciente con el tiempo de enfriando, no someto a la tarta a cambios bruscos de temperatura. Pese a todas las precauciones, ahí estaba una rica tarta de queso con una importante grieta en todo el centro.

Después de repasar los pasos de la receta y tras comprobar que no había hecho ninguna modificación, me di cuenta de que el clima era lo único que había cambiado entre la cheesecake que hice la semana pasada y las anteriores. Esta era la primera vez que hacía una tarta de queso en verano, casualmente había hecho las demás en invierno y en otoño. Reconozco que mi experiencia en repostería no es muy amplia, hago pocos postres porque engordo con facilidad, y está claro que la práctica hace al maestro. No obstante, pensé podía haber una relación entre la escasa humedad del verano cordobés y la grieta de la tarta. Con esa idea en mente volví a preparar una cheesecake; pero esta vez decidí hornearla acompañada por un par de recipientes con agua en la parte inferior del horno.

Para mi satisfacción, no iba desencaminada con la teoría del clima, pues la tarta no se agrietó y quedó más suave y jugosa que las anteriores. Sé que no estoy descubriendo nada nuevo, he investigado en internet y hay muchos cocineros que hornean sus tartas de queso al baño María o acompañadas de un recipiente con agua en la base del horno. Sin embargo, para mí el tema de la humedad durante el horneado sí que ha sido un verdadero descubrimiento. Me di cuenta de que las anteriores cheesecakes no se agrietaban gracias a la humedad de los días invernales y otoñales; me ha quedado claro que con un verano tan seco como el de Córdoba es necesario crear un ambiente húmedo en el horno para evitar las grietas.


Preparamos el relleno. Cuando la base de galletas se haya enfriado, continuamos con la preparación. Precalentamos el horno a 180ºC e introducimos 1 o 2 recipientes con agua en la base del horno. Fíjense en la foto cómo coloqué los cuencos llenos de agua por debajo de la rejilla de hornear. Agregamos la leche y el azúcar en un tazón y removemos con unas varillas hasta disolver el azúcar. Adicionamos el queso crema con la vainilla y batimos suavemente, incorporamos los huevos de uno en uno y finalizamos con el zumo de limón. Es importante batir lo justo para integrar cada ingrediente en la mezcla, si batimos en exceso, la masa se puede llenar de aire y agrietarse durante el horneado.

Vertemos la masa en el molde con la base de galletas. Horneamos la tarta a 180ºC durante 20 minutos, luego bajamos la temperatura a 160ºC y horneamos por 50 minutos (sin abrir el horno). La cheesecake debe adquirir un bonito color dorado, la consistencia al finalizar el horneado será un poco más firme que la de un flan. Al terminar de hornear la tarta, la dejamos enfriar sin desmoldar dentro del horno con la puerta un poco entreabierta. En ningún momento debemos sacar la tarta caliente del horno; pues este postre es muy sensible a los cambios bruscos de temperaturas y también se puede agrietar mientras se enfría. Una vez que se ha templado la cheesecake, la introducimos en la nevera y la dejamos un mínimo de 6 horas en refrigeración.

Servimos esta maravilla y a disfrutar!!!!
