Hace poco estaba ojando recetas antiguas de mi abuela y me topé con ese ingrediente que aparece en prácticamente todo: la manteca de cerdo. Resulta que muchas de esas recetas clásicas que nos encantan siguen siendo deliciosas sin ella, solo necesitan un pequeño cambio de estrategia.
El tema cobra importancia si tienes restricciones dietéticas, si prefieres evitar productos de origen animal o simplemente porque a veces no la tienes a mano cuando más la necesitas. La buena noticia es que existen alternativas que funcionan igual de bien, y algunas incluso mejoran ciertos platos.
Te voy a contar qué grasas funcionan mejor según lo que estés cocinando, qué proporciones usar y algunos trucos que he aprendido probando en la cocina para que tus resultados no sufran ningún cambio.
Un repaso completo por las mejores opciones que tienes a tu alcance, con las particularidades de cada una para que elijas según tu receta.

Cuando se trata de encontrar opciones, lo más importante es pensar en qué tipo de grasa necesita tu plato. No es lo mismo hacer un hojaldre que freír croquetas, ¿verdad? Cada situación pide su solución.
La mantequilla es probablemente la más obvia, aunque tiene un punto de humo más bajo, así que no vale para todo. El aceite de oliva virgen es perfecto para guisos y preparaciones que no requieren tanto calor. Si buscas algo que imite el comportamiento casi exacto de la original, la grasa vegetal o el aceite de coco refinado son tus aliados.
También está la opción de usar aceites neutros como el de girasol o cacahuete, que no dejan sabor y funcionan bien en repostería. Y si quieres mantener ese toque tradicional, la grasa de pollo o pato es una maravilla en pastas y rellenos.
La clave está en conocer el punto de humo de cada grasa y las propiedades que necesitas. Con esto claro, tu cocina seguirá funcionando perfectamente sin depender de un único ingrediente. Atrévete a experimentar y descubrirás que tienes más recursos de los que imaginabas.