
Ahí las tenéis, unas encima de las otras con un lacito para disimular, haciéndose las inocentes, insinuándose porque, en el fondo, quieren ser devoradas por los golosos de mi familia que hace un rato han olido su presencia. Y es que la casa se ha llenado de aroma a chocolate, anuncio inminente de la salida del horno de unas cookies que nos endulzarán la merienda o que acompañarán una taza de café.
Las cookies son estas galletas redondas, de forma irregular en las que se adivinan trocitos de chocolate que sobresalen o que se esconden en su interior. Galletas reales como la vida misma y no como estas otras "cookies" a las que se refieren los mensajes que últimamente aparecen en mi ordenador. Yo, que de informática sé lo justo, y que no tengo ninguno de los conocimientos de Bill Gates, me pongo muy nerviosa cuando aparecen avisos así en la pantalla. Me entran tales sudores que prefiero hacer una pausa y aprovechar para comerme una de estas cookies reales que reclaman nuestra atención desde la encimera de la cocina. El mundo de los "bits" o dígitos binarios es demasiado etéreo y difícil de digerir para mi gusto.


