
Los libros de historia no recogen el momento en que el primer ser humano se rompió los dientes intentando cascar una almendra, pero seguro que este momento existió. Luego llegó el listo de la tribu y la rompió con una piedra. Al desdentado se le caía la cara de vergüenza. Desde aquel momento histórico hasta hoy ha llovido mucho y el hombre/mujer ha ido descubriendo infinidad de usos de este fruto duro por fuera y blando por dentro, que se ha hecho imprescindible en la cocina.
La almendra, cruda, tostada o frita con un poco de sal es un aperitivo excelente. Si hacéis una crema o una sopa con ella ya tendréis un primer plato. Luego resulta imprescindible en las picadas hechas en el mortero para acompañar guisos o en salsas, como el romesco. Y por supuesto, la almendra es la reina de nuestra repostería. Pensad por ejemplo en los mazapanes, los turrones, la tarta de Santiago. Y si hablamos de licores, hay que mencionar el amaretto. Como podéis comprobar, la almendra puede estar presente en todos los platos de un menú.
Pero además también se usa en perfumería, cosmética y farmacia. No queremos alargarnos cantando sus virtudes. Pero si será importante este fruto que los pintores medievales dejaban un espacio central en forma oval o de almendra, conocido como mandorla, en las iglesias románicas para representar la imagen de Cristo, de la Virgen o de los santos.
Tomad esta crema que hoy os proponemos con el debido recogimiento porque es celestial.
PARA DECORAR:
