Lo conté hace tiempo, pero cocinar es ese momento del día en que me bajo de la vida. Dejo la carrera de locos, de un lado para otro. Salir de la oficina corriendo, hacer la compra, arreglar la casa, atender los recados, ayudar a los chicos con los deberes. La vida, a veces, es demasiado veloz para seguirle la pista. Por eso, yo me tomo mi momento. Comida sencilla, que ya sabéis que no me complico; comida reconfortante, que no alimente solo el cuerpo, sino también el alma.
Será por eso que tanto me fascinan las sopas y cremas. En cuanto llega el frío, una cremita de verduras caliente es mi cena de cada noche. Saboreada despacio, cocinada sin agobios. En esta ocasión, los protagonistas son los espárragos trigueros. Para esta crema podéis utilizar de esos más delgaditos, que son más económicos, e incluso reservar las puntas para otra preparación, y utilizar para la crema los tallos un poco más duritos. Lo que sí es importante es que vuestra batidora o robot de cocina tenga bastante potencia para que no queden hilitos en la crema (cosa más desagradable no se me ocurre) y que si no es así, tengáis la precaución de pasarla por el chino o por un colador, para evitar disgustos a la hora de servirla
Mi recomendación es que, si no vais a utilizar las puntas de los espárragos para otra cosa, las reservéis y las paséis por una sartén caliente con aceite justo antes de servir la crema. El toque crujiente y el intenso sabor a espárrago le viene fenomenal a esta crema y queda preciosísimo, que por los ojos también se come.