
Se me quedaron las manos "ensangrentadas" tras perforar un montón de cerezas para extraerles su corazón, su pepita, con un sacahuesos. La "sangre" de las cerezas mancha mucho, es muy escandalosa y, al terminar, la cocina parecía el escenario de un crimen, más propio de una película de Quentin Tarantino estilo "Kill Bill". Juro que soy inocente y que mi intención no era otra que hacer un crumble; ya sabéis, un pastel de frutas que va recubierto de una masa de harina, mantequilla y azúcar, que se pone al horno, se sirve templado y puede acompañarse de un helado por aquello del contraste calor-frío. La palabra crumble es de origen inglés y quiere decir desmenuzar, desmigar, desmigajar. De hecho, para hacer este postre hay que cubrir la base de fruta con esa masa convenientemente trabajada y desmenuzada como si se tratase de migas de pan. Todo tiene su lógica, su por qué. He leído que el crumble surgió en Inglaterra a raíz del racionamiento que sufría la población durante la Segunda Guerra Mundial. Lejos de desmoronarse -otra acepción de la palabra crumble, según el diccionario- la población se las ingenió para afrontar las adversidades y escasez de alimentos y poder seguir disfrutando de un pastelito con el que acompañar el té de las cinco. Good save the crumble!
PARA LA MASA:
PARA EL RELLENO: