
¿Cuántas veces hemos notado que los alimentos que consumimos tienen cada vez menos sabor, son menos naturales y su producción industrial va acompañada de la pérdida de alguna de sus características más importantes? Por ello, al comienzo de la primavera tomamos una decisión arriesgada: ¡vamos a comprar gallinas!. Una docena de gallinas que corretean por su corral, escarban relajadas en la hierba, comen grano y verdura, y ponen unos huevos como los de antes. ¡Huevos de gallinas felices con yemas anaranjadas y sabor intenso!.
Ahora, vuelvo de vacaciones y me encuentro que nuestras gallinas no han parado de poner huevos durante estas semanas. No entienden de fiestas y van a lo suyo. Total, que me tengo que poner a cocinar como una loca para aprovecharlos. Lo peor del caso es que cuando regresas de las vacaciones el frigorífico está más vacío que el desierto del Gobi. Leche, sí hay; azúcar, también. Eso, y los huevos caseros ya son suficientes para hacer un flan, por ejemplo. ¡Un postre perfecto!.
