
La de san Valentín es una fiesta un poco empalagosa, cursi. Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana. Y si encima me haces un regaloes para quererte el doble. Contrariamente a lo que se cree esta fiesta consumista no se la inventaron los directivos de los almacenes Galerías Preciados a mediados del siglo pasado para incentivar las compras algo alicaídas después del despilfarro navideño y de la cuesta de enero, no. Viene de mucho más atrás. Concretamente del año 494 cuando el papa Gelasio I estableció la celebración de la festividad de San Valentín el 14 de febrero para contrarrestar e incluso anular la festividad pagana de las Lupercales, que se conmemoraba el 15 de febrero y que recordaba la leyenda que contaba que una loba capitolina amamantó a Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Bueno, pues el papa en cuestión tomó a San Valentín como chivo expiatorio para hacer frente a la leyenda de la loba. ¿Y por qué a él, que había vivido en Roma en el siglo III? Pues porque el sacerdote San Valentín se dedicó a casar a los jóvenes enamorados, contraviniendo el decreto del emperador Claudio II que consideraba que los chicos solteros y sin ataduras familiares eran mejores soldados que los que tenían mujer y una retahíla de criaturas. O sea, Roma, first que diría Donald Trump de ser emperador de Roma en lugar de serlo de América. Total, que el bueno de San Valentín fue martirizado y ejecutado un 14 de febrero del año 270. Y aprovechando que se acerca el día del hoy te quiero más.. he caído en la tentación de regalarle a mi media naranja estas dulces galletas. Veis como el final me ha quedado cursi, empalagoso.
