
Dicen los psicólogos que para sentirse bien durante el confinamiento hay que vestirse, arreglarse, no abandonarse. Estar perfectas por si a la vecina se le ocurre pedirnos una taza de azúcar o un poquito de sal, cosa que no ocurrirá porque todos estamos encerrados en nuestro propio caparazón por miedo al Covid-19. Dicho y hecho. Me despojo de aquel chándal de tactel de cuando las Olimpiadas del 92 y que tanta pena me da tirar. Me arreglo, me pinto los ojos y me dispongo hacer un guiso de lentejas con las verduras que sobreviven en el frigorífico. Economía de guerra. Mientras se hace el guiso me asomo a la ventana. Veo una ciudad vacía, triste, posnuclear. Si hoy aterrizase un extraterrestre pensaría que aquí no hay vida, que somos un planeta sin futuro, sin ganas de vivir. Pero yo le daría a probar mis lentejas con verduras y se daría cuenta de lo equivocado que está. Disfrutaría, se relamería, tomaría su nave y contaría a los suyos que los humanos somos raros, miedosos, pero que comemos de primera. Nada. Tonterías que una piensa después de tantos días de encierro.