Una de las razones por las que tenía unas ganas tremendas de cocinar era por estrenar un molde para tartas que compré el sábado pasado. Lo adquirí en una tienda a la que mi madre y yo adoramos ir, donde aparte de ropa, tiene su sección de hogar, y ahora con el boom de la respostería ha empezado a traer cosas monísimas a las que es difícil resistirse.
Prepararemos primero la masa echando en un cuenco la harina con un puñadito de sal. Añadimos la mantequilla fría y mezclamos con los dedos.
Cuando tengamos como una arena gruesa, echamos el queso rallado, la clara y el huevo, y seguimos mezclando e integrando todos ingredientes con las manos hasta que consigais una masa bien fácil de manejar y que no se quiebre. Si os pasa esto, echad un chorrito de aceite de girasol y seguid amasando con las manos. Yo le incoporé como dos chorritos hasta que conseguí una masa manejable, que no se rompa y que se os despegue fácilmente de las manos. Envolveis con papel film y reservamos en la nevera.
Prepararemos una sartén con aceite de oliva donde cocinar las verduras. Pelamos, lavamos y troceamos la berenjea, el calabacín, el puerro y la cebolla. Lavamos y rallamos el tomate, incoporándolo en la sartén. Echamos una buena pizca de sal para que suden las verduras. Una vez las tengamos bien pochaditas apagamos el fuego y reservamos.
Encendemos el horno a 210º con la parte de abajo y arriba. Sacamos la masa de la nevera, espolvoreamos con harina nuestra superficie donde la colocaremos y daremos forma con el rodillo. Pincelamos el molde con un poquito de aceite y cubrimos con la masa ayudándonos con los dedos.
En un bol, echamos los huevos y añadimos la nata más las verduras. Salpimentamos al gusto. Vertemos en el molde. Espolvoreamos con albahaca y orégano. Echamos unos cuantos piñones sobre el quiche.
Bajamos la temperatura del horno a 190º, horneamos y dejamos unos 30 minutos. Pasado el tiempo, apagamos y servimos.