
En la última reunión de vecinos en que teníamos que decidir de qué color pintábamos la escalera, ver “Fideos a la cazuela” alguien habló del color salmón. La propuesta no prosperó claro, pero dio pie a que el listillo de turno nos aguase la noche y la cena a más de uno al decir que los salmones de piscifactoria están “pintados”. Que este pescado es de carne gris como muchos y que cuando está en libertad consigue su color anaranjado a base de comer cantidades ingentes de krill, un pequeño crustáceo. Que el color entre anaranjado y rosa, salmón para entendernos, se consigue a base de alimentar los peces con cápsulas de un carotenoide, la astaxantina, hechas con cáscaras de crustáceo pulverizadas. Que los fabricantes de estas cápsulas van a los criaderos con una paleta de colores para que los responsables elijan la tonalidad adecuada que se ajusta más a los gustos del consumidor. No hay riesgo para la salud según las autoridades sanitarias europeas. Total es uno más de los colorantes que engullimos a lo largo del día. Peores cosas comemos o respiramos. Y qué queréis que os diga, yo no pienso renunciar a hacer este salmón con gambas. Está divino.
PARA LA SALSA