
Como decíamos ayer... así empezaba Fray Luis de León su primera clase en la universidad después de una larga estancia en la cárcel y, con su permiso, así voy a empezar yo esta entrada después de un montón de tiempo sin actualizar el blog. No creáis que lo había abandonado, pero, pandemias aparte, a veces no eres capaz de abarcar todo lo que quisieras y hay que soltar lastre para seguir adelante. Pero solo soltarlo, no darlo por perdido.
Así que estoy de vuelta, quizá no pueda añadir recetas nuevas todo lo a menudo que me gustaría, pero lo intentaré, creedme.
La receta que he preparado, de nombre un poco gore, la hace mi madre desde que tengo uso de razón. Y muy a menudo, era la comida en un día como el de hoy, viernes santo, en el que ella nunca prepara carne. Como se podía dejar hecho la víspera, eso nos permitía ir a ver las procesiones de la mañana (los que vivís en un pueblo o ciudad en la que la Semana Santa sea importante, lo entenderéis).
Este año he sido yo la que ha tomado el relevo con la receta y os la dejo para que la probéis. Y si os animáis, estoy segura de que repetiréis.
Lo primero que debemos hacer es limpiar el pescado. En la pescadería normalmente os lo limpian y, aunque os cobren por hacerlo, merece la pena, la verdad.
De todas formas, las sardinillas son muy fáciles de limpiar, aunque hay que ser cuidadosos porque el pescado pequeño es muy delicado. Para dejarlas listas, debemos arrancarles la cabeza, mejor con la mano. Normalmente con la cabeza ya sale la tripa. Después con la ayuda de una tijera o cuchillo fino, abrimos la barriga y con el dedo, profundizamos un poco más para quitar la espina (también con la mano, tirando de ella desde la cabeza hacia la cola) y limpiarlas bien. Si las sardinillas son muy pequeñas, no hace falta quitar la espina ya que es tan blandita que se puede comer sin problema (como en el caso de las sardinillas enlatadas). Una vez el pescado esté limpio, lo reservamos.

