
Es cierto que la rutina del sueño puede ser muy distinta para cada persona, dependiendo de su estilo de vida y las necesidades de su metabolismo. Sin embargo, lo cierto es que es una actividad esencial dentro del horario de cualquier ser humano y la calidad del mismo repercute en las otras actividades que realizamos durante el día.
En lo personal, tengo la bendición de gozar de la facilidad en alcanzar el sueño profundo. No obstante, trae una desventaja que he aprendido a tomar en cuenta. Yo logro quedarme dormida en la posición que sea y con la incomodidad que eso pueda traer. Es decir que puedo amanecer con algún malestar por haber permanecido varias horas en mala posición.
Aquí llega el tema de las almohadas. Como todo en el diseño, existen almohadas que escogemos porque realzan el diseño de la cama y otras que se adquieren por la comodidad que nos brindan al usarlas, el eterno dilema entre diseño y función que en ocasiones no se combinan.






En lo personal siempre procuro encontrar un balance entre el diseño y la funcionalidad. En mi cama tengo tres pares de almohadas grandes: dos tamaño queen (tamaño del colchón), dos tamaño estándar king (el edredón siempre lo compro una talla más grande para que cuelgue), y dos ortopédicas de espuma con memoria para darle apoyo a las cervicales. Además tengo unas pequeñas que complementan, tanto para apoyar un libro mientras leo como para darle más vida a la cama tendida.
Las almohadas son un elemento determinante en la calidad del sueño que alcanzamos y además son un elemento diferenciado en el diseño pues al agregar un par extra o algún diseño especial logramos una mejora significativa con un cambio menor.
Valeza
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