Emprendamos ruta hacia el Monumento Natural de las Secuoyas del Monte Cabezón.
A tan sólo 15 minutos en coche de Comillas encontramos el núcleo urbano de Cabezón de la Sal, donde hacemos una breve parada para conocer la iglesia de San Martín, que destaca entre las iglesias de Cantabria por su característica torre coronada por un tejado en forma de campana.
Levantada en estilo montañés, la iglesia también ofrece otras peculiaridades, como sus ventanas redondas que nos recuerdan a ojos de buey y un peculiar vía crucis en piedra que rodea todo el edificio que tiene aires de fortaleza medieval.
Estos ejemplares, que forman un ecosistema único en Europa, podrán vivir, si se cuidan convenientemente hasta los 3.000 años de edad, crecer hasta llegar a los 100 metros de altura, y tener hasta siete metros de diámetro.
Lo que más llama nuestra atención es la elegante torre que se eleva hasta los 50 metros de altura, de estilo inglés, y que destaca en el paisaje según nos acercamos a la ciudad e impone cuando estamos a sus pies.
Y a la izquierda la mayor de ambas, Valdearenas.
Es justo por encima de ésta donde se sitúan las dunas, muchas de ellas móviles que se desplazan hacia el interior por la acción del viento que procede del mar. 195 hectáreas de arena y vegetación, que cobijan infinidad de especies de insectos, reptiles e incluso aves .
Nos despedimos de esta maravilla natural para adentrarnos de lleno en la vida urbana de la capital cántabra, Santander.
Aquella bahía resguardada de vientos y malas mares que fundaron los romanos en el 21 antes de Cristo para someter a los pueblos bárbaros, evolucionó rápidamente a lo largo de los siglos, pasando de ser un pequeño conjunto de castros a un puerto de gran importancia en el comercio de la lana con Flandes y posteriormente como base de salida y entrada de los intercambios con América.
Fue tal su desarrollo que en 1817 ya se le concede el título de capital de la provincia cántabra y hasta bien entrado el siglo XX su población crece de manera espectacular, ya que necesitaba mano de obra para su floreciente industria mercantil, la construcción de nuevos astilleros y la compleja red administrativa que conllevaba el hecho de ser uno de los principales puertos del norte de España.
La Guerra de la Independencia, la Civil y un terrible incendio en 1941, afectaron gravemente a la ciudad, que aprovechó estos nefastos acontecimientos para reordenar sus calles, edificios y plazas, creando el germen de la gran capital que podemos disfrutar hoy. Un buen ejemplo son los Jardines de Pereda, una de las puertas de entrada a la ciudad para viajeros que como yo llegan en coche, ya que bajo su superficie encontramos uno de los parkings más céntricos de la ciudad. En la superficie andamos hacia el centro administrativo e histórico de la ciudad, pasando por el ayuntamiento, de estilo modernista-ecléctico que preside una plaza famosa por albergar hasta 2008 la última estatua ecuestre de Franco que fue retirada de un espacio público.
Una escultura que aún permanece es la dedicada a Velarde, héroe de la resistencia del 2 de mayo en Madrid.
Para hacernos una idea del marco histórico que rodea la catedral, hay que decir que no siempre estuvo en el centro de la ciudad. Y no es que se haya movido. Lo que ocurrió es que en un principio estuvo en un cerro costero, pero los rellenos de las bahía que se fueron sucediendo a lo largo de la historia para permitir el crecimiento industrial y arquitectónico de la ciudad la fueron alejando de la orilla.
Así que mejor disfrutemos de la visita en previsión de que en breve, y siendo optimistas, la catedral pueda ser restaurada. El edificio consta de dos plantas superpuestas y un claustro. Visitaremos primero el interior de la llamada Iglesia Alta.
Hay que tener en cuenta que si bien el templo nos parece demasiado simple y desprovisto de los tesoros góticos que podríamos esperar de un edificio de esta importancia, hay que tener en cuenta que la mayor parte de los retablos que la embellecían se fueron perdiendo con los desastres que mencioné anteriormente y otros, parcialmente dañados, fueron imposibles de recuperar, por lo que fueron retirados. Aún así se conservan algunas capillas casi completas con los retablos originales.
Aunque sin duda, el espacio más llamativo lo forma el sepulcro de Marcelino Menéndez Pelayo, escritor y erudito santanderino realizado por Victorio Macho.
Cimiento de la Catedral o Iglesia Alta, la del Cristo, aún minúscula en comparación, tiene tres naves y se la conoce como Cripta de la Catedral. Los muros y columnas son muy gruesos al tener que soportar el peso de la Catedral en tan solo 31 metros de largo por 18 de ancho.
En ella, y utilizando los restos de un horno de época romana, se guardan desde hace siglos las cabezas de los santos Emeterio y Celedonio, mártires de la persecución romana y patronos de la ciudad. Un horno fue el lugar elegido porque los cimientos de la capilla se hunden en los de unas termas donde acudían los ciudadanos romanos que habitaban en Santander.
El Crucificado que preside el presbiterio fue realizado en el siglo XVIII y es de una elegante y exquisita belleza.