A medida que avanzaban el semblante de Marcos cambiaba, estaba más callado y un poco pálido, se quejaba en algunas ocasiones de sentirse débil. Lorena sabía que se estaban acercando a la montaña y que pronto dejaría de sentir el calor de su hijo, así que durante todo el trayecto no dejó de cargarlo. Le repetía constantemente que lo amaba, que pronto llegarían, le besaba el rostro y trataba de no llorar frente a él. Javier no estaba seguro de estar haciendo lo correcto. "Quizás todo fue un sueño, un estúpido sueño, y aquí me encuentro fuera de mi casa y en un viaje sin sentido. ¿Quién me garantiza que este viejo loco no me miente, y si la tal Lucero fue producto de mi imaginación?. Aún así es cierto lo que el viejo nos dijo, la salud de Marcos ha desmejorado mucho y hace dos días que siento como si alguien nos estuviera siguiendo". Miró con ternura a su esposa y siguió su camino en silencio.

Realmente Javier estaba en lo correcto, hacía dos días que los aldeanos los estaban siguiendo. Se dividieron en tres grupos. El primero los seguiría durante todo el viaje. El segundo se colocaría al pie de la montaña para obstruirles el paso y el tercer grupo rodearía el templo para evitar que el niño entrara y darles muerte a todos si los dos grupos anteriores fallaban.
Pasaron dos días más y el primer grupo de aldeanos ya se hacían visibles para nuestros viajeros. Javier podía ver sus rostros llenos de odio y sabía que en cualquier momento se acercarían a darles muerte. Las provisiones estaban casi agotadas y la salud de Marcos empeoraba. Apenas hablaba, sólo nombraba a su madre y permanecía con los ojitos cerrados. Sus largas pestañas negras marcaban un contraste muy fuerte con la palidez extrema de su rostro. Lorena lo miraba inmutable, no salían lágrimas de sus ojos y de sus delgados labios sólo salían expresiones de amor para Marcos.
Canciones de cuna lo arrullaban mientras ella lo apretaba suavemente contra su pecho y sus largos cabellos castaños cubrían su delicada piel. Javier admiró a su esposa más que nunca. Admiró su resignación y su entereza de carácter. No podía comprender como no expresaba su dolor. "Con lo llorona que es no comprendo como puede estar tan calmada" pensó Javier.
Sin embargo lo que Javier no sabía era que su esposa sentía que se moría por dentro. Por cada gemido de Marcos sentía que el corazón se le comprimía y un dolor agudo lo atravesaba como si fuera un puñal. Cada vez que su hijo pronunciaba la palabra "mamá" con su delicada vocecita debía sacar fuerzas de donde no tenía para no romper a llorar.
El anciano casi no habló durante todo el trayecto, parecía hipnotizado. Le informó a Javier el camino a seguir para el día siguiente.
‑ Mañana ‑ dijo el viejo ‑ los aldeanos que nos han estado siguiendo nos atacarán. 
‑ Yo sé lo que te digo, hasta ahora nos han estado siguiendo porque no están seguros de que sigamos adelante. No es usual que dos personas como ustedes lleven a su hijo al sacrificio. Estaban seguros de que flaquearían pero ya hoy se han dado cuenta de que no es así.
‑ Si lo que dices es cierto, significa que a partir de mañana comenzaran a luchar con nosotros. Lo extraño es que si ya están convencidos ¿por qué no nos matan mientras dormimos?.
‑ Porque deben hacerlo a la luz del día, así está escrito.
‑ Entonces ¿ cuál es el plan a seguir?.
El anciano tomó una rama y comenzó a dibujar sobre la tierra. Hizo una especie de mapa y le dijo a Javier:
‑ Ellos se han dado cuenta de que tu mujer no suelta al niño para nada, así que deben estar convencidos de que será ella quien lo lleve al templo. Mañana llevarás a tu hijo pegado a tu pecho y te pondrás una manta para que no se den cuenta del cambio. Tu mujer deberá juntar mucha tela en un saco y darle la forma de tu hijo. Deberá actuar de la misma forma para que no noten la diferencia, de ustedes dos depende que ellos crean que es la madre la que lleva al pequeño.
‑ Pero de esa forma lo que lograremos es que si notan el cambio lo primero que harán será asesinarla a ella ‑ dijo Javier preocupado.
‑ Tiene razón el anciano, ‑ dijo Lorena que en toda la conversación había permanecido callada ‑ prefiero despistarlos haciendo que de esa forma me sigan.
‑ ¡ Pero te matarán !!!. Ya es bastante que pierda a mi hijo por un estúpido cuento para que esos desgraciados maten también a la mujer que amo.

‑ Pués bién, no se hable más del asunto, ya sabemos quien manda, así que yo llevaré a Marcos y Lorena a los trapos. Ahora debemos planear el camino a seguir.
‑ Debemos tener cuidado pués están armados.
‑ ¿ Si? ,no me digas‑ dijo Javier en tono burlón‑ pues no teman porque yo los protegeré con mis piedritas asesinas.
Lorena echó a reír mientras veía a su esposo haciendo piruetas. Sin embargo el anciano estaba serio.
‑ Esto no es un juego ‑ dijo en tono severo‑ la vida de todos esta en peligro y tu te comportas como un idiota.
‑ Tienes razón anciano ‑ se disculpó ‑ dime que debemos hacer. 
‑ ¿ Y qué se supone que debo hacer una vez dentro? ‑preguntó Javier.
‑ Eso no lo sé, mi misión fue traerlos hasta aquí y lo he cumplido. Se supone que tu debes saber que hacer, así está escrito.
‑ Está escrito, ¿eso es todo lo que sabes decir, y donde está todo eso que yo no he leído. Acaso algún cuento que dejé de leer en mi infancia, o algún libro que no compré?. Y ¿quien fue el gracioso al que se le ocurrió ese cuento estúpido y por el que yo debo perder a mi hijo?. No puedo aceptarlo, esto es demasiado para mí.
Se acercó a Lorena y miró a su hijo. No sabía como reaccionar, Marcos estaba pálido, no hablaba, no se quejaba y su piel estaba perdiendo calor. Se llevó las manos a la cabeza y dió un grito tan fuerte que estremeció hasta a los árboles. Las lágrimas corrían por su mejilla y su mirada estaba como ausente. Miró a su esposa acusadoramente y preguntó:
‑¿ Qué clase de madre eres que llevas a tu hijo serenamente a la muerte?
Lorena lo miró pasivamente y en voz muy baja pero llena de un dolor inimaginable le respondió: 

Javier permaneció en silencio durante un corto tiempo, se arrodilló frente a ella y le pidió perdón por su inconciencia. Esa era la última noche que pasarían con su hijo así que se acostaron juntos con el niño entre los dos y pasaron casi toda la noche acariciándolo, besándolo, cantándole y contándole cuentos de hadas. La respiración de Marcos parecía un suspiro, suave y continuo. Apenas movía los labios y ellos sabían que su hijo estaba agonizando.
Capítulo Cinco
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