UN HOMBRE SE ENCONTRÓ con un muchacho que estaba llorando.
– ¿Por qué lloras? – preguntó el hombre.
– Lloro por mis pecados – contestó el muchacho.
– Debes de tener muy poco que hacer – señaló el hombre.
Volvieron a encontrarse al día siguiente y, una vez más, el muchacho estaba llorando.
– ¿Y ahora por qué lloras? – preguntó el hombre.
– Lloro porque no tengo nada que comer – respondió el muchacho.
– Ya sabía yo que acabarías así – señaló el hombre.