Porque eso es, más o menos, lo que hay que hacer al alcanzar esta meseta rocosa tan particular: perderse -al menos durante un rato-. Cosa, por otro lado, más bien fácil. Una vez arriba no hay caminos definidos, salvo el que la atraviesa de lado a lado, y lo que pide el cuerpo -pero sobretodo la mente-, es vagar sin rumbo fijo. Dejarse llevar de un callejón al siguiente. Trepar hasta lo alto de un murallón para descubrir que del otro lado se abre un círculo casi perfecto al que es imposible descender. Traspasar arcos que son como los ojales de una prenda. Gatear por la cornisa de un paredón como funambulistas sin red. Si se tiene suerte y la experiencia se disfruta en solitario es como perderse en una ciudad a la que la maldición del tiempo hubiera convertido en roca y a ti en su único habitante.
Claro que para los geólogos, que tienen una imaginación mucho más desarrollada y pueden ver con facilidad lo que hubo y lo que pudo haber hace miles de millones de años Las Tuerces es una cosa mucho más atractiva y sugerente, si cabe. Ellos, con toda propiedad, hablan de "un sinclinal colgado del Cretácico, formado por los términos carbonatados de edad Santoniense, en su mayoría calizas y margas. El diaclasado y la diferente cementación que presentan los materiales han producido una interesante y vistosa erosión, originada por los procesos cársticos y los agentes meteorológicos", tal como se describe a este espacio en la "Guía de la reserva geológica de las Loras". De hecho, una buena parte del paseo aparece adobada sobre el terreno con un reguero de paneles de intención didáctica, pertenecientes a la ruta "La escalera del tiempo", una de las propuestas senderistas señalizadas en el entorno de este espacio comprendido, a su vez, en la Reserva Geológica de Las Loras. Esa ruta, en concreto, arranca en la localidad palentina de Villaescusa de las Torres y a través de sus seis paneles va mostrando, a medida que se asciende hasta lo alto de la meseta de Las Tuerces, los sucesivos fenómenos geológicos desarrollados a lo largo de millones de años que dieron como resultado el paisaje que se recorre. Así, poco a poco, con el mismo ansia con el que uno recupera el resuello al que obliga lo empinado de la cuesta, se va comprendiendo, mal que bien, que lo que ahora es empinado y rocoso en otro tiempo bien bien lejano, pongamos 215 millones de años, que es la edad de las rocas más antiguas de por aquí, era una zona interfluvial surcada por enormes corrientes de agua que se entrelazaban y convergían como un sistema arterial. En un momento dado, y como consecuencia de enormes cataclismos que hundieron unos terrenos y elevaron otros, el mar llegó hasta aquí para inundarlo todo.