Sinopsis
Clay, un joven estudiante universitario de clase acomodada, vuelve a la casa de sus padres en Los Ángeles para pasar las vacaciones de navidad.
Lánguido, indiferente a todo y a todos, deambula sin propósito por la ciudad con su coche, encontrándose con amigos y antiguos amores.
Pronto se verá envuelto en peripecias cada vez más extremas. En su apatía, se dejará conducir por los acontecimientos, que lo llevarán desde las fiestas en los locales más de moda hasta sorprendentes simas de abuso de drogas, prostitución y degradación moral.
Una opera prima impactante por su frialdad y crudeza, insignia de toda una generación.
Bret Easton Ellis logró la sin duda difícil hazaña de convertirse en millonario a los 21 años gracias a la publicación de este libro, en el cual llevaba trabajando desde sus últimos años de instituto. Menos que cero, título que coge de una melancólica canción de Elvis Costello, fue su primera novela, y desde su lanzamiento se convirtió en objeto de controversia: causando tanto admiración como desagrado entre las filas de la crítica, el público sin embargo la acogió con los brazos abiertos al reconocer en ella una afiladísima crítica al sistema socioeconómico imperante en 1985, año de publicación.
Llegando a contar incluso con una adaptación cinematográfica en el 87 a manos de Marek Kankievska (que, sin embargo, traiciona buena parte de su espíritu al introducir una fuerte carga moralizante), el libro pasaría a establecer el estilo, y el universo ficcional, de Ellis. Desde sus títulos más celebrados como Las leyes de la atracción o American psycho (ambos también adaptadas al celuloide por Roger Avary y Mary Harron respectivamente, esta vez con más acierto y fortuna) hasta su último libro Suites imperiales, continuación por cierto de la misma Menos que cero 25 años después, la obra del literato cuenta con ciertos rasgos definitorios, como veremos.
Narrada con el que será el habitual distanciamiento gélido del autor (léxico conciso, frases cortas, diálogo rápido...), el libro pronto nos abruma con un ejercicio de realismo sucio desasosegante.
No hay argumento como tal, la narración no persigue ningún objetivo o final; simplemente nos introduce en la vida de Clay, quien es además el narrador intradiegético de su propia historia.
Así, pronto nos vemos invadidos por esa curiosa mezcla entre angustia adolescente, apatía y nihilismo del protagonista, a la vez que le vemos con incredulidad creciente descender por episodios cada vez más extremos y violentos sin perder su anestesiado, cínico hastío.
Es especialmente memorable la parte en que, a pesar de no necesitarlo, decide prostituirse a sí mismo junto a un amigo a cambio de droga. En cierta manera, podríamos definir al personaje como una versión magnificada hasta el extremo, monstruosa, de otros protagonistas de obras de ficción como el Holden Caulfield de El guardián entre el centeno (J. D. Salinger) o el Jim Stark encarnado por James Dean en la película Rebelde sin causa (Nicholas Ray).