
El dragón, Rashômon y otros cuentos
Sinopsis
Fina selección de relatos de muy diversa extensión agrupados en tres grandes bloques: los ambientados en el Japón feudal (Rashômon, En la maleza del bosque, La nariz, El dragón, El hilo de la araña y El biombo del infierno); los que transcurren durante el nacimiento del Japón moderno (Memorándum del doctor Ogata Ryosai, O-Gin, Lealtad, Historia de un hombre al que se le cayó la cabeza, Puerros y Patas de caballo); y los basados en la propia vida y experiencias del autor, Ryûnosuke Akutagawa, que toma diferentes alter egos para aparecer en su producción (Daidôji Shinsuke: años de juventud, El oficio de escribir, La enfermedad del niño, Crónica de difuntos, Vida de un necio y Los engranajes).
Tomado como un todo, un libro muy hermoso y sugerente que hará las delicias de los niponófilos más exigentes pero que también puede ser una inmejorable primera toma de contacto con la sensibilidad típicamente asiática para aquellos neófitos en la misma, al ser Akutagawa un autor versado en las corrientes europeas de su tiempo (especialmente la novela inglesa y la rusa) y tratar en sus escritos de hibridar ambas tendencias.
Un medio excelente y entretenido de adentrarse en la cultura literaria japonesa, a través de los variados relatos de un consumado maestro esteta.
Es innegable que, al salir de la comodidad de nuestra esfera eurocentrista, nos espera un choque cultural que varía entre la simple perplejidad y el rechazo más absoluto si queremos adentrarnos en la producción artística hecha fuera de esas tan acotadas fronteras estéticas en que acostumbramos a movernos. Bien es cierto que, de unos años a esta parte, la globalización de la cultura ha ido suavizando estas fronteras, y hoy día hay que hacer un esfuerzo consciente para encontrar expresiones artísticas que no ofrezcan aunque sea un mínimo enraizamiento en las fuentes de Occidente; esto, claro, no sucede con obras con más tiempo a sus espaldas. En este marco, pocos territorios hay que desafíen más nuestra sensibilidad que el oriental, hogar de toda una cosmovisión que muchas veces nos es radicalmente aliena. Sin embargo, vale la pena interesarse por la producción artística y cultural de estas naciones puesto que, una vez superado el choque, se descubre un mundo de sutileza, elegancia y economía de recursos que raramente se encuentra en la producción más cercana.
Pero, como en toda inmersión cultural, es mejor ir poco a poco, o se corren riesgos de sobrecarga informacional, confusión o, en el peor de los casos, repulsa a lo profundamente distinto. Es mi intención, pues, proponer aquí un puente que haga de este tránsito algo agradable e interesante. Siempre he considerado que la puerta al exótico Lejano Oriente está en la cultura japonesa, que no solo ha tenido un relativo éxito a la hora de adaptar a su intrínseca visión los elementos occidentales que ha ido adoptando a lo largo de los siglos, sino que como fuente de una extensa y muy variada multitud de obras ha tenido éxito implantando su imaginería fuera de sus fronteras hasta ser una seña de identidad reconocible y hasta cierto punto normalizada en otros países. Esta llave japonesa, con el tiempo, puede conducirnos a la muy similar cultura coreana, y de ahí a las cada vez más exóticas tradiciones chinas, indias o de la península malaya.
¿Y qué mejor inicio para ese periplo nipón que la obra de Ryûnosuke Akutagawa*? Hijo de la generación de entreguerras en un momento de apertura del país a influencias externas, pronto manifestó en sus obras el deseo consciente y expreso de hacer de su literatura algo universal, empleando para ello tanto los extensos conocimientos que tenía de su amada cultura natal y de otras en su área de influencia (mayormente, la china), como los que sus estudios en el departamento de literatura inglesa de la Universidad de Tokio le permitieron compilar de la tradición occidental. Es, quizá, el mejor orientalizador de nuestra tradición literaria, al hacerla suya por completo y convertirla en algo parejo a lo bebido de su cultura natal sin traicionarla en ningún momento: el resultado es un estilo netamente japonés, pero al mismo tiempo accesible para aquellos foráneos a su tradición. En aras de ese espíritu, su obra ofrece un interesante cruce entre el estudio psicológico de los personajes tan común en nuestra literatura con formas de enfocar la acción y el escenario propias de la esfera oriental.
*Con el formato occidental -nombre apellido-.
Y es que Akutagawa se corona como maestro en ese difícil arte asiático de la elegancia sutil. De decir sin decir, de mostrar sin ser obvio. Su literatura muchas veces se enmarca en no-momentos y en no-lugares: marcos donde aparentemente no hay acción, nada importante o trascendente como para posar la atención en ellos, y donde sin embargo está contenida la fuerza de lo que, por no contando ni mostrado pero necesariamente relacionado, contenido, acaba por ser subrayado con una fuerza inusitada. La implicación del algo en el no-algo, en definitiva, como motor narrativo. Combinado con las escuetas pero preciosistas descripciones de las que hace gala, así como de un hermoso uso del lenguaje al servicio de párrafos reflexivos o en las voces de sus personajes, Akutagawa es el ejemplo perfecto de esa belleza sencilla pero a la vez cargada de implicaciones y significados que es la base de la estética de su nación.
Vale la pena analizar, sin destriparlos demasiado, los relatos que podemos encontrar en esta antología. El primer grupo, el ambientado en el Japón feudal, es quizá el más esteticista de los tres, poniendo en práctica la pulsión de la forma por sobre el fondo que su autor tanto defendió a lo largo de su vida. Los dos primeros, Rashômon y En la maleza de un bosque, son quizá los más psicológicos, basándose en sus personajes para enmarcar y criticar con fina ironía tanto la época como la naturaleza humana. Como curiosidad, cabe decir que estos dos relatos son los que el director Akira Kurosawa usó para crear el guión de su película Rashômon, tenida como un clásico de la filmografía japonesa. Continuando con ese espíritu bufo de ironía y satirización, La nariz y El dragón ejercen tanto de reflejo como de deformación burlesca de la religión budista al presentarnos a sendos monjes cuyas mundanas motivaciones hacen de estos dos relatos una representación sarcástica tanto de la fe como del mismo ser humano. Mucho más espirituales y metafísicos, El hilo de la araña y El biombo del infierno presentan alegorías fantásticas, aunque de diversa índole: el primero es un cuento moralizante, mientras que el segundo se enmcarca casi en el terreno del terror, y puede llegar a ser bastante sugestivo y escalofriante.
Akutagawa Ryûnosuke
En ese instante, Kashôji se sintió abrumado por una indescriptible soledad que no había sentido jamás en el pasado: el vasto cielo azul se extendía en silencio sobre él. Los seres humanos no tenían más remedio que seguir con sus míseras vidas bajo ese cielo, zarandeados por los vientos que soplaban desde lo alto. ¡Qué soledad! Y lo más extraño, pensó, es que hasta ahora nunca la había percibido. Kashôji dejó escapar entonces un profundo suspiro…