Texto y fotografías: JAVIER PRIETO GALLEGO En Segovia hay vida más allá del Acueducto. Incluso más allá del Alcázar o la catedral; aunque cueste creerlo a la vista del hechizo que ejercen sobre las oleadas de turistas que pululan frenéticos del uno al otro sin tiempo apenas para desplegar el callejero que reparten en la oficina de turismo. Sin embargo, Segovia ofrece otros deleites no menos deliciosos, amén de cochinillos y lechazos, para quien gusta de paseos y emociones refinadas. Por ejemplo, el tránsito extramuros de la ciudad cincelado a los pies del Alcázar por un río Eresma pletórico de huertas, alamedas y paseantes, al que se asoman, entre corredores desgarbados, pescadores de ciudad y excursiones haciendo la digestión a la sombra, algunos de los monumentos más principales de la ciudad.
Desde el Azoguejo una buena opción es bajar las escalinatas que por la calle del Gasco encaminan hacia la plaza de San Lorenzo, corro al que se asoman fachadas de tradición popular y que preside su interesante iglesia románica de torre mudéjar. Desde ella, la calle del Cardenal Zúñiga enlaza con el monasterio de Santa Cruz, levantado sobre la cueva en la que cumplió penitencia santo Domingo de Guzmán. Justo ahí se enlaza con el paseo peatonal que, tomado hacia la derecha, enseguida conecta con uno de los puentes de piedra que salvan el Eresma. Una lápida encajada en el pretil recuerda la querencia de Machado por estas alamedas. Aguas abajo, a la altura del siguiente puente, aguardan el emblemático monasterio de El Parral y, enfrente, el Real Ingenio de la Moneda, ceca segoviana levantada por Felipe II.