Hoy quiero compartir con vosotr@s dos cosas, la primera, el curso de fotografía que estoy haciendo y la segunda, la carta que le he escrito a una vieja amiga.
Querida Mónica,
Hace años que perdimos el contacto y te echo mucho de menos, echo de menos tus cartas, los momentos de espera hasta recibir la próxima, la ilusión de abrir el sobre y ver qué me contabas, las fotos que me mandabas y sentarme a escribirte. Cambiaste de dirección, nos dejamos de escribir y nos distanciamos. Traté de buscarte las últimas veces que estuve por Barcelona, pero no tuve éxito. Busqué tu apellido en la guía y llamé a desconocidos que no me pudieron ayudar a localizarte.
Sé que esta carta no te llegará nunca, pero eres la persona en la que primero he pensado a la hora de sentarme a escribir.
Mirando esta fotografía me imagino que para ti significaría otra cosa, para mi es la caída ligera y controlada de la vida de una hoja, o de mi vida. En el trayecto noto el aire que roza mi piel y que me ayuda a volar, observando el mundo que me rodea y controlando el lugar donde quiero posarme. Me gusta mirar el cielo azul donde, de vez en cuando, las nubes rompen su monotonía haciendo formas que hacen despertar mi curiosidad e imaginación. Disfruto del aroma que me rodea, otoñal, ese en el que las chimeneas empiezan a calentar los hogares y su olor a leña quemada se expande por las calles del vecindario, ese a tierra húmeda después de la lluvia,...
Mi caída lenta hace que pueda disfrutar de las estrellas, que brillan con fuerza en la lejanía, eso me relaja, me hace recordar a seres queridos que ya no están conmigo. Y con los que me encontraré algún día. Aunque sé que están ahí, observándome como esas estrellas, cuidando de mí.
Espero poder algún día darte esta carta y que me cuentes cómo ha sido tu camino, tu vida, y que podamos reírnos juntas como antes, bailar y disfrutar de un nuevo verano, ya sea en Andalucía, en Barcelona o por donde vivo ahora.
Un besito enorme amiga.