Ushuaia es una de las ciudades que anhelaba caminar hace tiempo. Llegué al fin del mundo (o al comienzo?).
Ushuaia estaba siempre en sueños, pero no en un plan a corto plazo. Mi amigo Canqui, tenía vacaciones y bueno, me invitó por segunda vez a recorrer la Patagonia. Yo soy un fiel amante del sur argentino. No me iba a negar a esa jugosa invitación. Partimos hacia El Calafate desde Córdoba en avión (esta vez quise contar la historia al revés) y llegamos a Ushuaia desde El Calafate un lunes. Ese lunes se desató un temporal en la ciudad y todavía estoy asombrado cómo ese avión aterrizó en la isla de Tierra del Fuego (sabiendo que la posta es corta). Aún parado en el aeropuerto, el avión seguía moviéndose. Es la primera vez que me toca viajar con tanta turbulencia. Cuando salí del aeropuerto se me volaron los lentes del viento. Al abrir la puerta del taxi, se me voló de la mano, pero al fin estábamos en Ushuaia.

Ya que el clima no era propicio, visitamos el Museo Marítimo y la Cárcel del Presidio Militar. Cuenta la historia que en 1896, arribó a Ushuaia el primer grupo de 14 penados. La idea en aquel momento era colonizar la isla de tal manera que se enviaron 11 hombres más y 9 mujeres voluntarias. A medida que pasó el tiempo, fueron enviados delincuentes, que habían cometido delitos graves. Se aplicó trabajo retribuido, enseñanza escolar y severa disciplina. El penal tuvo 30 áreas de trabajo. Lo talleres atendían necesidades del presidio y de la ciudad: primera imprenta, teléfono, electricidad y bomberos. En las calles, los presidiarios trabajaban en construcción de calles, puentes, edificios y explotación de bosques. (Valor entrada $250 Ars) Vale la pena.
En el almacén de Ramos Generales, hay una réplica de la vestimenta donde se puede probar y sacar fotos.






Pabellón tal cual lo vivían los presos.









