
El paso de la Copa del Mundo me empezaba a pesar en las piernas y, en lugar de coger el metro (5 paradas desde Cinelandia a Botafogo), decidí ir en taxi. Pedí uno en la recepción del hotel, acordé el precio con el conductor y, en un periquete, me encontraba a los pies del Pan de Azúcar. Un trayecto rápido y amenizado por las explicaciones del taxista, que me dio un auténtico clinic de la ciudad (tengo pendiente hacer un vídeo, ya veréis). Y yo a él una pequeña propia (diminuta en relación a la información que recibí). Allí estaba, a las once de la mañana, ansioso por satisfacer dos de mis grandes pasiones: contemplar una gran ciudad vista desde las alturas y que esa ciudad fuera Rio de Janeiro, que a esas alturas ya se había convirtido en una gran pasión para mí. Así que se me hacían los dedos huéspedes por comprar la entrada y subirme al teleférico que, por otra parte, me provocaba cierto cosquilleo en el estómago (sobre todo recordando la escena de Moonraker en la que el 007 Roger Moore está a punto de irse a pique). En el Pan de Azúcar, además, hay que subirse a dos bondinhos, o sea, teleféricos. Tres minutos por trayecto, lo que multiplicado por cuatro trayectos (dos de ida y dos de vuelta) da un total 12 minutos de cosquilleo. Y tengo que decir que se me hicieron cortos.
La entrada al Pan de Azúcar se encuentra junto a la Playa Vermelha. El primer bondinho sube al Cerro de Urca.

En el Pan de Azúcar, la vista es más espectacular. De un vistazo verás Copacabana y la ciudad esparcida entre los morros.
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