Hacía muchos años que quería volver a Oriente, o más bien lo necesitaba. Tailandia había sido mi último destino en ese rincón del mundo, e Indochina se presentaba como un plato de lo más jugoso.
El caos de sus calles, el colorido y el aroma de sus mercados y el de los puestos callejeros, su cultura milenaria...y sobre todo su sonrisa. Las flechas de mi cerebro viajero apuntaban todas a Vietnam desde hacía tiempo, así que era hora de materializar un viaje largo tiempo aplazado y que veía aparecer en un horizonte muy cercano.
Todos los altares son dignos de admirar, aunque por su sencillez me quede con el que se dedica al erudito Van Xuong.
Y dejamos atrás el templo para adentrarnos en el Barrio Antiguo, en nuestra primera experiencia culinaria vietnamita.
Un arroz con gambas y verduras.
Unas verduras con pollo.
y unos rollitos de verdura.
Todo ello exquisito, sabroso y regado con unas cervezas locales en su punto de frío. A propósito me quedo con la Hanoi Bold después de haber probado casi 20 marcas distintas durante el viaje.
Para cerrar la noche, aunque eran apenas las 9, y dado que nos encontrábamos a tiro de piedra, nos dirigimos a la llamada Calle del Tren. Y tuvimos suerte...
Ésta calle, otrora una simple callejuela del centro de Hanoi, no era más que un tramo cualquiera dentro del trazado de la vía del tren que proveniente de las provincias del norte se adentra en la ciudad hasta alcanzar la estación central.
Debido a su estrechez, la calle empezó a atraer a visitantes que querían inmortalizar en sus fotos el momento en el que el tren pasaba a escasos centímetros de las paredes de las casas. Viendo la oportunidad de negocio, los propietarios montaron pequeños cafés y restaurantes en ellas, algunos peligrosamente cerca de las vías.
Hasta aquí todo más o menos aceptable. Pero la fiebre del selfie llevó a más de un turista a estar demasiado cerca de los enormes trenes que a gran velocidad circulan por la vía varias veces al día, por lo que las autoridades se han visto obligadas a cerrar el acceso a la calle y por supuesto, los cafés y restaurantes que ven desaparecer su negocio. Como dije, nosotros tuvimos suerte, ya que justo el día después de visitarla, la calle fue cerrada con vallas a los turistas y custodiada por fuerzas de la policía. Así que tengo el orgullo de haber asistido al último pase de tren por la famosa calle.
Al día siguiente empezaron las visitas a los puntos más importantes de la ciudad de Hanoi, empezando por el elegante Templo de la Literatura.
Enclavado en el centro de la ciudad, como un oasis relajante y aislado del bullicio de motos y coches, este complejo magníficamente conservado fue fundado en el siglo XI por el emperador Thanh Tong y dedicado a Confucio, y con ello a todos los eruditos y hombres de letras.
Aquí se fundó la primera universidad de Vietnam, para educar a los hijos de los mandarines.
Más adelante se ordenó levantar ocho curiosas estelas de piedra sobre unas tortugas del mismo material (recordemos que las tortugas simbolizan la sabiduría) para grabar el nombre de los mejores estudiantes.
El templo consta de cinco patios separados por paseos, siendo las entradas centrales para el rey y las laterales para los mandarines y los militares.
Como curiosidad, una inscripción en la puerta que precede al patio principal, pide a los visitantes que bajen del caballo antes de entrar al complejo.
En este templo tuvimos nuestro primer contacto con la cultura del bonsai, que creíamos exclusiva de Japón, y nada que ver...
Unas estudiantes se hacían una sesión de fotos para celebrar el inicio del curso...
Mientras, nosotros continuábamos la visita a la última parte del complejo, el pabellón Khué Van, construido totalmente en madera en 1802.
Y custodiándolo, como en casi todos los templos de Vietnam, el tambor y la campana bajo dos templetes elegantes e imponentes.
Y continuamos nuestro camino hacia uno de los rincones más fotogénicos de la ciudad, la Pagoda de Tran Quoc.
Esta pagoda es una de las más antiguas de Vietnam y está situada entre dos lagos, el lago Oeste y el Truc Bach.
Levantada en el año 545, en su construcción sigue los patrones y diseños budistas, con 11 niveles y 15 metros de altura.
Rodeándola hay varios edificios que hacen función de templo, donde encontramos varios altares.
Para acabar la visita hay que dar 3 vueltas completas alrededor de un árbol bhodi proveniente de un esqueje de aquel bajo el cual Buda alcanzó la iluminación y fue regalo del presidente indio Rajendra Prasad.