Aunque mis ojos se vayan siempre hacia los encajes, a veces, me apetece coger la aguja corta y hacer algún bordado. Como casi en todas las ramas de la artesanía de los hilos en las que me he aventurado a trabajar, he tenido que buscar yo sola las bases de la realización, bien con un libro o con trabajos ya acabados, descifrando si estaban hechos a mano o a máquina. Aunque haya quien opine que buscar culpables es reflejo de una incipiente cobardía, esta tendencia que poseo de ir cambiando de un método a otro está influenciada por las revistas multidisciplinares, donde se presentan ejercicios de muy diferente ejecución, en admirables encuadres fotográficos. Esas páginas que ofrecen los recursos básicos para obtener tan admirables resultados ponen en marcha todos mis sentidos y me incitan a probar nuevos caminos en mi Taller.
En algunas ocasiones, mi osadía por iniciarme me ha conducido a un estrepitoso batacazo, pero mi próximo objetivo tenía una característica que podría camuflar mi intromisión en cuanto a técnica: la combinación de colores. Distraer la atención en un resultado más artístico podría dar lugar a un exitoso trabajo, a pesar de algún error en la realización. Y si hay una labor de hilos con aguja corta que destaque por colorista, esa es el bordado mallorquín.

Juego de servilletas adornadas con bordado mallorquín, para el ajuar de mi hermana Merche.