Vivimos en aceleración constante. Lo hacemos todo tan rápido que apenas lo disfrutamos. Pensamos proyectos que queremos realizados para ayer. Ya que la vida pasa con tanta premura, tenemos que contrarrestar su urgencia con paciencia y reflexión. Esa ansiedad por amontonar objetos que creemos que nos han de conducir a la felicidad debe compensarse con aproximarnos a la ausencia de "bultos" que nos impiden disfrutar de cada momento. Debemos aceptar que la verdadera felicidad no es tangible, no se trata de un sentimiento material.
Basándome en esta idea, me rebelo ante la pretensión de asombrar con un regalo que se ha conseguido pensando en él apenas una hora. Si así lo hago, es muy probable que el tiempo que permanezca en el recuerdo sea aproximadamente también de una hora.
Esta opinión tan particular está muy relacionada con las labores que me hacen sentirme satisfecha, normalmente las que siempre he llamado labores eternas.
Una de estas labores se podría situar como el regalo perfecto... perfecto para alguien especial, incluyendo la sorpresa de ir a llevarlo en mano, a pesar del día de viaje que suponía.


Además de un correcto planchado, es conveniente buscar una presentación que impacte en el momento de entregarlo. Cuando Taty abrió la cartulina azul y retiró el delicado papel de seda que cubría el encaje, alcancé mi objetivo. Doble lágrima, porque no sabía que estábamos en la lista de los invitados a su cumpleaños.
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