De mi lista: “materiales que no he probado todavía y ya me vale…“, he tachado, por fin, uno que no parece muy de adulto que digamos, pero que resulta algo adictivo. Os hablo del plástico mágico y de sus habilidades para sacar a pasear a nuestros niños interiores.

Sabía que una vez probado, me quedaría con ganas de más. Y no me he equivocado. Los usos del plástico mágico son muy variados y por eso es tan conocido en el mundo de las manualidades para niños. Los peques se lo pasan genial pintando y viendo, con los ojos como platos, cómo se transforma.
Para los que no lo conozcáis, es un material muy fácil de usar y personalizar. Consiste en una lámina de plástico sobre la que podemos plasmar un dibujo. Después de recortarlo y gracias a su paso por las altas temperaturas de un horno de cocina, esos dibujos se transforman, como por arte de magia, en unas piezas plásticas duras con una calidad muy, pero que muy, aceptable.
En el horno, la lámina encoge su extensión mientras que a su vez aumenta enormemente su grosor en cuestión de unos minutos.
Podéis optar por imprimir sobre él o dibujar con rotuladores permanentes. Las utilidades que tiene son infinitas pues las piezas que se consiguen pueden servir para hacer llaveros, colgantes, pendientes, pines, imanes… Si esto lo hubiera conocido yo en mis años de primaria, ¡iban a temblar mis pulseras de chupetes!

A tener en cuenta
Hay distintos tipos de plástico mágico. Suelen tener una cara rugosa que será sobre la que pintaremos o imprimiremos. El “lado bueno” de nuestras piezas finalmente será el contrario. Por eso, si decidís escribir alguna palabra, tendréis que hacerlo en modo espejo. Así cuando le demos la vuelta se verá del derecho.
Paso a Paso





