
Tenemos que ser realistas, si un dia se te escapa un grito, la casa no es reluciente, o no se te dan los juegos didácticos, o quizá un día no vas a estar feliz y contenta con tu trabajo, con tu pareja, con tu vida, etc., y sin embargo, con ello no vas a dañar irremediablemente la relación con tu hijo.
Tampoco nos convierte en malas madres el no tener el parto que deseabas, o si no lactaste lo suficiente o porque tienes que llevarlo a la guardería, si ya tiene tres años y aun usa pañal, etc., etc.
Lo importante es aceptarse vulnerable, imperfecta, humana, pero siempre con el amor suficiente para reflexionar cuando hacemos cosas que sabemos que podemos mejorar y hacerlo. Ser responsables para evitar caer en el caos o la agresividad es mucho más útil que reprocharse y vivir siempre queriendo ser el ideal que te venden en los medios.
Como afirma Rebeca Wild, una buena madre no es una madre perfecta, ni la que más paciencia tiene, ni la que sabe más de comportamiento infantil, de juegos, de lactancia, de sueño, de hábitos. Un buena madre es la que siempre intenta dar lo mejor a sus hijos en forma de libertad y límites, amor y respeto. Y si no sabemos algo, asumimos la responsabilidad de buscar ayuda, La maternidad no es algo que deba sobrellevarse sola. Biológicamente estamos hechas para ser madres, pero emocionalmente requerimos apoyo cálido y sano.
Concluyo con la reflexión de Donald Winnicott, quien dijo que la madre suficientemente buena: la mamá que no aspira a la perfección, sino que acepta sus limitaciones, está disponible para su hijo, pero es capaz de poner límites y decir no.