¿Cómo te gustaría que fuese tu hijo de mayor? La pregunta suena casi inocente, de esas que se hacen por pasar un rato, por el mero placer de imaginar. La cosa cambia cuando uno toma conciencia de que en buena medida ese adulto futuro se forjará a partir de decisiones que, para bien o para mal, tendremos que tomar por él. Los que dudamos hasta para elegir el color del cepillo de dientes nos enfrentamos aquí a una misión que se antoja casi imposible y con un punto inquietante: plantar los cimientos del proyecto más importante de nuestra vida.
Uno de los primeros momentos críticos suele presentarse al elegir el colegio que será, literalmente, la segunda casa de nuestros hijos. Algunos, afortunados ellos, lo tienen claro desde el principio; otros, sin saber cómo, se ven por un tiempo inmersos en una espiral de dudas que parece no tener fin. Llega entonces la peregrinación por los centros, las preguntas a conocidos y desconocidos, la preocupación por los datos académicos, por el respeto al ser humano y sus valores. De repente nos urge conocer a los que le acompañarán en ese lugar en el que nosotros no estaremos: sus maestros, los compañeros de clase, los amigos con los que vivirá las primeras aventuras de la vida.
Y en medio de tanta reflexión, uno se ve retratado tal cual es, con sus miedos y prejuicios, incómodo ante un futuro necesariamente incierto, con la absurda pretensión de controlar todos los factores. Llega entonces el momento de examinar las convicciones más íntimas: qué sociedad deseamos, a qué mundo aspiramos, en qué principios creemos. La respuesta no parece difícil cuando nos despojamos de dudas y contradicciones, aunque cuesta lo suyo reconocer temores, verdades a medias, los “por si acaso”, los “sí, pero…”.
¿Cómo me gustaría que fuese mi hija de mayor? Supongo que en la respuesta está la clave de muchas preguntas presentes y futuras, algunas bases sólidas para que las decisiones dejen de ser un mal necesario y se transformen en pasos seguros hacia la evolución, el crecimiento, la independencia.