Sería negar la videncia decir que la tecnología no es una de las principales opciones de ocio hoy en día. Para adultos y para niños. Una opción de ocio tan amplia en sí misma que cada vez roba más espacio y tiempo. Vamos todo el día móvil en mano para hablar, enviar un whatsapp, revisar el email, apuntar la lista de la compra, escuchar música, hacer fotos, participar en redes sociales… Y como es lógico, todo aquello que capta la atención de las madres y padres, lo hace igual o en mayor medida en l@s niñ@s. Nuestros hijos tienen acceso a dispositivos electrónicos desde edades muy tempranas. Dependiendo siempre, como no, de cómo gestionen este tema sus padres. Pero no es raro ver a un niño de dos años manejar con destreza un móvil o tablet. Esto permite a los niños desarrollar determinadas competencias, habilidades y capacidades muy positivas. Pero también puede suponer que descarten otras opciones de ocio de desarrollo de capacidades, llegando a un nivel de adicción que puede ser preocupante. Mis hijos son muy tecnológicos. Adoran las pantallas sus múltiples posibilidades. Jugar, ver videos, ver películas o series, si los dejara podrían llevarse todo el día enganchados a la tablet, el ordenador o el móvil. Cierto es que con la tecnología aprenden mucho. No se cómo explicarlos pero, en resumen, veo la soltura, seguridad y conocimiento con el que mis hijos manejan, por ejemplo, el ordenador, las conversaciones que tienen, el vocabulario que manejan y no deja de sorprenderme. Y creo, efectivamente, que la tecnología es un valor en el aprendizaje y desarrollo de mis hijos. Pero todo tiene un límite. Te das cuenta de ese límite el día que les quitas el móvil con el correspondiente pollo monumental porque no quieren dejarlo, y te dice: “Es que no tengo nada más que hacer”. Porque, evidentemente, tienen mil cosas más que hacer y para entretenerse. Si soy práctica, reconozco que darles la tablet, o el móvil es lo más fácil y cómodo. Les doy la tablet y no hay niños. Pero no quiero. No quiero supeditar mi tranquilidad o comodidad a que estén continuamente enganchados. Porque me niego que limiten sus opciones de ocio, entretenimiento y diversión a una pantalla. Porque se alteran cuando no la tienen. Porque se pelean si uno tiene batería y la otra no. Porque les genera ansiedad el querer jugar siempre y en cualquier momento. Porque al final termina siendo una fuente de conflicto, individual o familiar. Y porque mientras la tienen, se olvidan de que tienen muchísimas opciones de juego y entretenimiento que disfrutan muchísimo. Mi mayor caballo de batalla no son mis hijos, la tecnología y yo. Porque yo se la tengo muy controlada y conmigo respetan los tiempos de uso. El problema viene cuando están en casa de la abuela y yo no estoy presente. Y cuando están con su padre, que es igual de tecnológico y, en lugar de limitarles, les da rollo. Y esa pelea es más complicada. Sin embargo, muestra mayor parte de la vida se desarrolla como familia monoparental, es decir, ellos y yo. Así que lo tengo clarísimo: racionamiento del tiempo de pantallas a la mínima expresión. Soy muy sargento en este tema, y no me arrepiento ni un poquito. Y mis hijos aceptan lo que hay, ¡no les queda otra!. Pero es curioso que pudiendo armarme una pataleta curiosa, no lo hacen. Asumen las normas con respecto al uso de la tablet y el ordenador. Hemos pasado por una época, en mi opinión, de abuso. Como hemos estado con papá desde antes de navidad hasta hace apenas unos días, él es más flexible en estos temas y la negociación con los niños es más difícil, hemos llegado a un punto en el que yo no soportaba ya el nivel de enganche. Así que ahora que estamos solos de nuevo, reseteamos y activamos plan de desintoxicación. Y me ha costado cero, por increíble que parezca. Como primera medida, durante la semana no hay tablet ni ordenador ni video consola. Durante la semana vamos al cole, a las actividades extraescolares, toca hacer deberes, estudiar piano, es decir, asumir cada uno sus responsabilidades, siendo éstas su prioridad. Una vez estén libres, pueden hacer muchísimas cosas. Leer, pintar, manualidades, jugar, con la única condición de dejar todo recogido antes de acostarse. Solemos pasar las tardes en casa porque ya salimos a tope, parqueamos, patinamos y lo que se tercie los fines de semana, así que entre semana nos gusta estar más descansados. El primer día sin pantallas fue un poco “mamá, nos aburrimos mucho y no tenemos nada a qué jugar”. Mi respuesta fue en la linea de “buscaos la vida”, porque tampoco voy a ser yo las que les ponga en la mano aquello que hacer. ¡Que le echen imaginación!. Mi mayor rescató esa caja con miles de piezas de Lego que hacía meses que no tocaba. Mi hija se repartía en tiempo entre Pinypones y libros. Se juntaron los tres a jugar con Legos, Pinypones y el Arcoiris Waldorf, inventándose sus juegos y sus historias. Jugaron tranquilos y estuvieron la mar de entretenidos toda la tarde, tanto que sin darse cuenta les dio la hora de cenar. Se fueron a la cama y en lugar de la película que les ponía papá, se cogieron un libro cada uno que iban leyendo en voz alta, se intercambiaban, hacían personajes, ponían voces y hasta se inventaron sus propias historias. Y así toda y cada una de las tardes siguientes. La tablet, la videoconsola, el ordenador, están al alcance de sus manos. Lo saben, son conscientes. Pero ni los tocan, ni lo piden. Saben que el sábado y domingo podrán jugar, con un tiempo controlado, por supuesto. Aceptan la norma, entienden su sentido y me lo ponen fácil. El otro día hablaba con una mamá amiga que tenía esa sensación, la de que si sus hijos no tenían una tablet en la mano, no tenían otra opción […]