Tengo la necesidad de escribir esta entrada. Estás creciendo, cambiando. Estamos cambiando. Ya casi no me acuerdo de las noches sin dormir. Eres un niño buenísimo para todo, pero sobre todo para dormir. Aunque suena feo que yo lo diga, desde el mes y medio duermo casi más que antes. Te acuestas sobre las diez de la noche y hasta las nueve de la mañana no se te escucha. Tomas teta un par de veces pero lo haces tan dormidito y tan a gusto que lo disfruto casi más que durante el día. Pero hoy no quiero hablar de esto. Quiero centrarme en lo que sentí cuando llegamos a casa. Cuando pasamos de ser dos a tres.
Eras tan pequeñito. No llegabas a los tres kilos (¡ahora los doblas!) y no sabía casi ni sujetarte. Tenía miedo. Tanto miedo a que te pasara algo, a que mi inexperiencia te hiciera daño. Pero no, los bebés no sois muñequitos de cristal. Hay que cuidaros, por supuesto, pero sin llegar al punto de la paranoia. ¿Cuántas veces puse (y sigo poniendo) mi mano encima de tu pecho? Respirabas y respiras de forma muy silenciosa.
Llegamos a casa tres días después de tu nacimiento. Tenía muchas ganas de estar en familia, pero también miedo a no tener una enfermera que me ayudase en momentos críticos. Y los hubo. ¡Vaya si los hubo! La primera vez que te puse en el pecho, aún sin la subida de la leche, sin saber si estarías comiendo o no. La primera noche. Las siguientes noches entre el sofá y la cama. Viendo un montón de series mientras tu te acostumbrabas a mi olor. Y yo al tuyo.
Yo tenía miedo. Y creo que tu también un poco. Te cogíamos con tanta delicadeza, con tanta inseguridad… Ahora todo es distinto. Ya eres mi hombrecito y se han acabado las noches sin dormir, tenemos la certeza de que estamos haciendo las cosas bien (la mayoría de días), ya no hay lloros sin razón. Es increíble como sé si tienes sueño, hambre, te aburres o simplemente quieres un poco de mimos.
Van pasando los días y hoy ya cumples cuatro meses… Pero no quiero olvidar ese primer día, esas primeras horas en las que convertiste esta casa en un hogar, en las que pasamos de ser dos, dos personas unidas por el azar, o la casualidad, a ser una familia. Porque tu que eres tan pequeñito has conseguido ya tantas cosas. Algún día te lo contaré todo.
No quiero olvidar ese día. Nervios, miedo, alegría, felicidad, dudas, ilusión, amor… Tantos sentimientos, ese subibaja de hormonas, de sensaciones. Quiero acordarme siempre de ese momento. Espero conseguirlo.
¿Tu te acuerdas del primer día que llegaste a casa con tu bebé? ¿Qué sentiste?
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