Decía Javier Marías en ‘Mañana en la batalla piensa en mí’ que todo viaja hacia su difuminación y se pierde y pocas cosas dejan huella, sobre todo si no se repiten, si acontecen una sola vez y ya no vuelven, lo mismo que las que se instalan demasiado cómodamente y vuelven a diario y se yuxtaponen, tampoco esas dejan huella. Y de cosas que aparentemente no dejan huella sabemos de sobra los padres, sobre todo cuando nos sumergimos en la aDOSlescencia y entre rabietas y noches sin dormir nos olvidamos de disfrutar de los pequeños momentos, de los gestos que duran un segundo, de las palabras que sorprenden, de las miradas y las sonrisas fugaces que desaparecen a la misma velocidad que llegan. Son los momentos de inadvertida felicidad, como los bautizó el escritor y guionista italiano Francesco Piccolo en un libro publicado en España por la editorial Anagrama. Es curioso, porque estresados como andamos, nunca nos paramos a pensarlo, pero si os detenéis un poco, cerráis los ojos y os dais unos segundos para meditar, veréis como vuestros días están llenos de pequeños momentos de inadvertida felicidad. Los míos también.
Cuando la pequeña saltamontes tiene un despertar a mitad de la noche y al mirar el despertador ves que son las dos de la madrugada y que aún te quedan cinco horas más por dormir.
Cuando Mara se despierta a primera hora de la mañana, ve que la luz ya se cuela por las ventanas, y nos dice aquello de papá, mamá, ya está dormido, como dejando entrever que todo lo que tenía que hacer en la cama, ya lo ha hecho.
Cuando la pequeña saltamontes se mueve inquieta durante la noche y acaba abrazada a mí, hecha un ovillo, y noto su respiración y su olor de bebé a un centímetro de mi cara.
Cuando alguna noche puntual Maramoto se queda dormida extrañamente pronto y la mamá jefa y un servidor nos ponemos una peli, una comedia sin pretensiones, y la acabamos de ver del tirón, abrazados en el sofá, sin quedarnos traspuestos a las primeras de cambio.
La semana pasada estábamos recogiendo la cocina tras cenar. Yo recogía los trastos mientras Diana estaba barriendo. En un momento dado, me dijo: Ten cuidado con no pisar lo que he barrido, que voy a coger el recogedor. Diez segundos después apareció Mara, con la sonrisa y la voz más maléficas que es capaz de improvisar, diciendo: Voy a pisar un poquito…. Esa sonrisa. Esa voz. Ese momento.
Cuando un día todo sale maravillosamente rodado y a las nueve de la noche estamos cenados y con la cocina recogida, listos para tener un buen rato para nosotros.
Cuando en la cama, Diana y yo entrelazamos nuestras piernas y nuestras manos, haciendo invisible la barrera que desde hace dos años y medio Mara ha construido con su cuerpo entre nosotros.
Cuando alguna noche Mara y la mamá jefa se quedan fritas y de repente me quedo sólo en el sofá, disfrutando del silencio, y me concedo media hora para leer en verdadera calma, saboreando cada una de las páginas.
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