Varias veces al día me sorprendo pensando que me hubiese gustado tener en mi infancia muchas de las cosas que para para mi hija resultan cotidianas: columpios con respaldo y barreras, una bici sin pedales, toboganes en los que no te juegas el tipo cada vez que osas subir. Pero sobre todo la envidio por tener en sus manos desde que era un bebé libros con las historias que a mí me hubiese gustado leer.
El primero fue ‘Inés del revés’, regalo de unos amigos antes de que naciera y casi premonitorio de una niña que lucha por hacer las cosas a su modo en un mundo de rutinas e imposiciones. Creo que mi Inés y muchos niños (y no tan niños) se identifican mucho con un personaje que un día ‘se sentía del revés’ y decidió llevarlo hasta las últimas consecuencias. La empatía y capacidad de adaptación de su madre también son dignos de elogio, sobre todo para los papás que adolecemos de falta de paciencia y cierta rigidez mental.

También se cuentan entre nuestros amigos Elmer, el elefante de colores que un día quiso confundirse en la manada, Charlie & Lola, traducidos al español como Juan y Tolola, y Leonardo Fibonacci, autor de la secuencia que lleva su nombre y del que Inés por el momento sólo sabe que, como a ella, le gustaba mucho contar todas las cosas.
Todos ellos desempeñan un papel protagonista en una mente nueva y ávida de emociones. Una de las maravillas de la primera infancia es que personajes verdaderos e imaginarios forman parte de la vida con la misma intensidad. Inés del Revés, Monstruo Rosa, el ratón, el zorro y los peces de colores configuran un universo mágico, libre, y sin embargo real. Con todos ellos, y muchos más, vamos escribiendo cada día nuestra propia historia.