
Las madres y padres solemos vivir permanentemente preocupados por nuestros bebés, siempre pendientes de que no se pongan enfermos, de que duerman bien, que evolucionen y aprendan, y sobre todo preocupados por hacerles felices.
Entre ese montón de cosas del día a día que nos preocupan, la alimentación ocupa un lugar clave porque sabemos lo importante que es para su crecimiento y desarrollo. Las preocupaciones en torno a la alimentación pueden ser muy diferentes: si un bebé come mucho, porque come mucho; si come poco, porque come poco; si come de todo menos pescado, ¡Ay madre mía, que no come pescado!.
Nosotros como padres, ponemos lo mejor de nuestra parte, todas nuestras fuerza y nuestro buen hacer para que nuestros hijos coman lo más sano posible ofreciéndoles una alimentación variada. A veces, nuestros bebés aceptan fenomenal lo que les estamos ofreciendo, pero otras tantas, rechazan por completo esos alimentos que con tanto cariño les hemos preparado.
Cuando se da esta segunda situación es muy fácil perder los nervios. Sabemos lo importantes que son esos alimentos para nuestro bebé y nuestra “conciencia de padres” nos impulsa a querer que se los tomen si o si. ¿Mi consejo? Relax y paciencia que todo llegará.
Es clave que nuestros hijos establezcan una relación sana con la comida y de esta manera conseguir que el rechazo hacia determinados alimentos, cambie a aceptación y agrado con el paso del tiempo. Para conseguir este objetivo, es fundamental tener siempre en mente estos tres tips:
Sé que los tips que os he dado son fáciles de decir, pero no tanto de cumplir. Lo sé por experiencia propia, porque yo también soy madre y he pasado por ello. ¿Cómo voy a dejar a mi hija sin comer fruta si el pediatra me ha dicho que tiene que tomar varias piezas todos los días? Olivia no quería, no quería fruta de ninguna de las maneras, ni en papilla, ni en trozos, ni con yogur, nada. Ni plátano, ni manzana, ni naranja, ni pera, daba igual lo que le ofreciese. Al principio me frustraba un poco, por aquello de “es importante para ella”, hasta que entendí (previa consulta con la pediatra) que era una cuestión de tiempo y que había otros alimentos (leche materna, cereales, verduras…) que le estaban aportado los nutrientes necesarios, hasta que llegase el momento de “el cambio”. Todos los días lo intentaba, yo le ponía su fruta para merendar, a veces en puré, a veces en trozos y ella día tras día pasaba olímpicamente de comérselo.
Hasta que llego “el día”. Era verano y un trozo de sandía debió parecerle una buena opción para merendar en vacaciones. Desde ese momento poco a poco fue aumentando su gusto por la fruta. A día de hoy da igual, uvas, fresas, mandarina, manzana, plátano, le gustan todas y se las come a “bocaos” mientras el zumo le chorrea por toda la ropa. Sé que suena un poco “cochinada”, pero es un placer verla disfrutar así de la comida. Esos chorretones, esas manos pegajosas y esa cara sucia es muy buena señal.
Lo dicho, paciencia, todo llega.