Ayer fue uno de esos raros días en los que mi esposo llegó súper temprano a casa. Y por súper temprano me refiero a realmente temprano. Llegó poco antes de las 6:00 p.m. Para variar, como la que manda es la ley de Murphy, cuando esto sucede yo nunca estoy. Así, que ayer yo no estaba. Estaba con mi hija la segunda en nuestro momento madre-hija. Llegamos a casa y veo a mi esposo feliz jugando con mis otros dos hijos en mi cuarto. Por supuesto, en cuanto la segunda vio esto se le abalanzó encima y no se le despegó en el resto de la tarde/noche.
Acompañó a su papá el resto de la tarde mientras él hacía sus cosas. Yo escuchaba que mi hija le hablaba y hablaba y no paraba de hablar. Le contaba sobre su día, lo que había hecho. Le contó sobre sus clases de natación, sobre su nido, de lo que había comido en el lonche ese día, en fin, todo, todo.
En eso, escucho que le dice a su papá: “Papi, mi hermano siempre te espera haciendo cosas porque él quiere estar contigo todo el día. ¿Sabes? Él siempre quiere estar contigo”. A lo que mi esposo le respondió, “Y, ¿tú? ¿Tú también quieres estar conmigo?” Mi hija se quedó pensando un ratito. Y le respondió “Sí, yo también quiero estar contigo”.
Mientras escuchaba a mi hija hablando sobre esto con su papá caí en cuenta de lo bien que hablaba, lo excelente de su dicción y su pronunciación. Me di cuenta que había crecido y lo había hecho casi sin que me diera cuenta. Recordé cuando yo trabajaba y notaba cómo mis hijitos (más chiquitos todavía) me sorprendían haciendo cosas nuevas y cómo crecían mientras yo no estaba cerca. Recuerdo también, que llenaban su día haciendo cosas para esperarme. Se pasaban la tarde esperando que llegue. Y yo, muerta de angustia salía de la oficina echa una bala para llegar lo más rápido posible y poder (algunos días) bañarlos, darles de comer y hacerlos dormir.