Se me amontonan en la cabeza los propósitos para este nuevo año. No sé ni por dónde empezar… Mientras les ordeno en mi cabeza sólo quiero retomar la rutina; la necesito; la necesitamos.
Impensable que después de tanto marisco, lechazo, pudings, tostadas y roscón -¡ay el roscón!- sólo quiero comer una triste ensalada, sin mucho adorno, de las de mucho verde, cebolla y tomate. Sin más.
Necesito cambiar las cañas y vinos por agua de la fresca, de la que cura y elimina. Ya no quiero las mañanas en la cama, ni las horas muertas. Tampoco quiero pelis navideñas.
Necesito un horario, organizarme, una nueva serie a la que engancharme, un buen libro y una mejor agenda.
Bajarme del tacón y subirme a la playera, dejar las planchas y acudir a la coleta. Pero sobre todo necesito volver a entrar en los vaqueros, que eso va a ser otra historia.
Y si todo eso es lo que necesito yo, imaginaros lo que necesitan los niños… Volver a la normalidad.
Durante las últimas semanas se han ‘hinchado’ de comidas fuera de casa, piscolabis y azúcar a puñados. Horarios descontrolados, sitios nuevos, gente diferente, luces, música y muchas experiencias condensadas en muy poco tiempo.
Los nervios por las fiestas, por los ‘Papá Noel’ que suben por los balcones, por los Reyes Magos y sus cabalgata y por las rutas familiares recogiendo regalos.
La Navidad es mágica y bonita a partes iguales, pero puede llegar a ser estresante si no se gestiona correctamente. Excitaciones, sorpresas, el ir de aquí para allá que se traduce en niños cansados en vacaciones.
Ellos necesitan -incluso más que nosotros- volver a la normalidad. Volver al cole, estar con sus compañeros, jugar ordenadamente, centrarse y retomar la rutina del día a día. Ya tengo ganas de ir al cole y ver a mis amigos, me comentaba mi hija esta mañana después de costarle más que nunca madrugar.
Así que mi primer propósito de 2020 es volver a la normalidad. Como siempre, os invito a seguirme en mis redes sociales: Facebook, Twitter e Instagram.