Retraso simple del lenguaje, ¡progresamos adecuadamente!

Cuando mi pequeño cumplió dos años le diagnosticaron retraso simple del lenguaje y comenzamos a ir a logopedia. Quizás podía parecer un poco precipitado hacer una valoración tan pronto, pero dado que ya teníamos los antecedentes de su hermana con el mismo problema, la experiencia con el éxito del tratamiento de logopedia, y viendo que se repetía en él el mismo patrón de su hermana, no quisimos postergarlo.  Además, se nos sumaba el hándicap de nuestro muy probable traslado a Edimburgo, con lo que podía ser un gran problema que mi hijo se viera en una inmersión total en un idioma desconocido teniendo un retraso simple del lenguaje y no siendo capaz de expresarse mínimamente en su idioma nativo. El tiempo que estuvo en logopedia fue muy corto, apenas 7 meses. Su hermana empezó algo más tarde – a los 30 meses – y notamos bastante la diferencia de madurez y desarrollo que hubo entre ambos con respecto al tratamiento de logopedia. Mi pequeño acababa de cumplir los 2 años y esos seis meses de menos con respecto a su hermana supusieron que no avanzara tan rápidamente como ella. Además, como por su edad el retraso simple del lenguaje no era “importante”, al principio le ofrecieron muy pocas sesiones, por lo que en lugar de avances hubo un retroceso importante en cuanto que mi hijo empezó a mostrar frustración, negación y cada vez menos interés en comunicarse. La suerte de contar con la experiencia previa es que ya sabía en qué abocaría eso, así que no dudé en hablar con su logopeda y solicitar que se ampliara el número de sesiones, porque obviamente no eran suficientes. Aunque al principio hubo ciertas reticencias a la hora de asignarle más sesiones – en teoría recibía las que le correspondía por diagnóstico y edad-, vieron que mi petición era razonable, y accedieron a ello. La logopeda comprobó que efectivamente necesitaba más sesiones y, aunque no hubo un cambio asombroso, sí hubo una evolución positiva. No llegó a desarrollar un lenguaje fluido y normal para su edad, pero aún así el beneficio fue considerable, porque logramos salvar el bloqueo que tenía a la hora de lanzarse a hablar. En el momento de mudarnos a Edimburgo, aunque no hablaba bien, ni con soltura, ni siquiera se le entendía apenas – salvo sus hermanos y yo -, ya había avanzado en su lenguaje, al menos tenía una predisposición a hablar, a comunicarse, que era lo principal, puesto que el hecho de que se negase a hablar era muy frustrante para todos. Conseguimos irnos de España con un mínimo de competencias que, con paciencia y trabajando en casa, era cuestión de tiempo ir avanzando en la adquisición del lenguaje. En ese momento había conseguido repetir sonidos, palabras cortas y finales de palabras largas, saludar, relacionarse e interactuar con normalidad, exteriorizar sus emocione, y lo más importante, no frustrarse por no poder comunicarse. Ha pasado casi un año desde entonces y tampoco puedo decir que tenga un discurso maravilloso, de hecho sus hermanos hablaban muchísimo mejor  a su edad. Y tampoco esperaba que lo tuviera, la verdad, mi único interés es que se pueda comunicar verbalmente. Pero sí puedo decir a día de hoy que habla mucho, cada día hay avances y, aunque a veces solo le entiendo yo, esas veces cada vez van siendo menos . El principal avance es a nivel de construcción de frases. Se ha llevado mucho tiempo hablando en palabras, sin hilar frases, un poco rollo “yo Tarzán, tu Jane”. Es decir, cosas como “coge mío coche”, “dame uno libro”. Y, además, pronunciando a medias las palabras, “ara” en vez de “cuchara”, “edor” en vez de “tenedor”, sobre todo las palabras trisílabas y esdrújulas le resultaban imposibles y simplificaba su pronunciación. Yo no he dejado en todo este tiempo de hablarle correctamente. Es decir, el vicio frecuente en el que podemos caer es en hablar como “en su mismo idioma”, es decir, imitar su lenguaje y pronunciación, pero es algo que, salvo alguna excepción porque la palabra me de cierta ternura, no he querido hacer. Si algo he aprendido criando a mis fierecillas es que aprenden por imitación, así que flaco favor le haría si en lugar de hablar bien para que me imite y aprenda a hablar correctamente, yo le imitara y él perdiera la referencia correcta. Además es algo que he insistido siempre en nuestro entorno. No soy nada partidaria de hablar a los peques como “bebés” o “como niños”. Son personas, de menor edad, pero personas, y me parece mucho más útil, didáctico y respetuoso hablarle como eso, personas. Evidentemente en un lenguaje adaptado a su capacidad de comprensión, pero hablarles normal, sin tonterías. Ahora ya elabora frases completas aunque no siempre correctas, pero ya es un paso más. Él mismo intenta cada vez más que sus frases sean más completa y aporten más información, por lo que percibo un interés enorme por su parte en intentar comunicarse de la mejor manera posible. Además de ir incorporando cada vez más vocabulario, pone de su parte para pronunciar mejor. Yo le ayudo cuando escucho que acorta una palabra, intercambia las sílabas de orden o pronuncia mal, me pongo a su altura, le digo que así no se pronuncia, le explico cómo se hace, le repito la palabra las veces que sea necesaria, le animo a repetirla conmigo hasta que logramos que la diga correcta, o al menos se aproxime. Si pongo ejemplos de todo este post sería interminable, pero como ejemplo ilustrativo, la palabra “plátano” se le ha resistido muchísimo. Durante los últimos meses asumimos que “ató” era plátano, que ya es difícil cambiar una esdrújula por una aguda, pero él no la entendía de otra manera por más que se la explicábamos y parecía que su cabeza no atendía palabras de más de dos sílabas. Nos ha costado mucho pero a fuerza de explicársela, sobre todo su hermano mayor y yo, poco a poco lo hemos ido logrando. Lo […]