Como todo en la vida, quedarse encerrado en casa tiene sus pros y sus contras. Yo, de adolescente, me pasaba findes enteros en casa viendo tele o haciendo nada, por lo que no imaginaba que me costaría tanto el encierro. Solo 3 días después de iniciar la cuarentena, echaba de menos el sol, el aire, el contacto social, caminar, mi bici…qué sensación de agobio se produce al estar en un lugar sin poder salir, aunque sea tu casa.
Poco a poco nos vamos acostumbrando, y agobiando, y relajando, y un poco de todo, porque son muchos días, y da para todo. Decidí escribir este post para registrar lo bonito y lo no tan bonito de la experiencia personal del encierro, para intentar buscarle el lado positivo, para relativizarla, o para recordar y no olvidar lo que más echo de menos al estar encerrada en mi casa, y entender que, una vez más, la vida nos va poniendo a prueba.
Imagen de congerdesign en Pixabay
vamos con la experiencia ¿Cómo ha sido cuarentena en villa terremoto?
Pues mejor de lo que pensaba, aunque haya días de todo. Empezamos como decía ideando entre las tres un horario para el día siguiente, de 1 hora cada actividad para tener flexibilidad y para ir cambiando continuamente y que no se haga tan largo. Actividades había tantas como se nos ocurrió, que no hacíamos todas todos los días pero intentamos combinar: lectura, juegos de mesa, juegos de ingenio, estudio, libros de actividades, yoga, deporte (ya sea con una gincana o bailando just dance), juego libre, películas, y algo de música. También días sueltos intentamos cocinar, hacer alguna manualidad más larga, montar un puzzle o construir un castillo de legos.
Al principio íbamos día a día, pero se hace largo. Los primeros días, teníamos nuestro momento de aire libre casi todos los días. Nos vestimos, salíamos de casa para bajar al patio del edificio, sin tocar absolutamente nada en el camino, tocando el ascensor con un palillo, y respiramos aire libre. Un poquito. Después, subimos y todo a lavar y los zapatos, en cuarentena en la puerta. Y a la ducha! Necesitábamos vitamina D, aunque fuera un ratito.
Pero el edificio tardó poco en prohibir el acceso a las zonas comunes, ni siquiera por turnos. Por lo que el aire libre máximo fue salir al balcón. A eso se juntó que la cantidad de tareas desde el colegio que aumentaron en cantidad y tiempo que hay que dedicarle, pues se organizaron con la escolarización a distancia. ¿Qué tal esto de aprender el homeschooling a marchas forzadas? es un tema que también requiere adaptación.
Han sido semanas de no cruzarnos con nadie, y las niñas echan de menos el contacto social. Y quien no! Yo también! Pero por suerte enseguida empezamos con las videollamadas, que son pan de cada día, y pueden mantener cierto contacto con sus amigos. Pero no es lo mismo. Han sido muchos días de mirar por la ventana y echar de menos las quedadas con amigos, los parques, de acordarnos de todas esas sensaciones que se viven en el exterior que uno no imagina echar tanto de menos. Me pasa, por ejemplo, que echo de menos el mar. Me encantaría poder pasear por la arena, meter los pies en el agua…y está tan lejos el mar ahora mismo…o estirarme en el césped, en un parque, con ese olor a recién cortado que me encanta… esos son los días en que esta cuarentena no se hace agradable, que uno mira por la ventana y piensa que está viendo la vida pasar, o no pasar básicamente. Que son muchas las cosas que uno hace en el día a día en un entorno social, y ahora… hemos perdido eso no sabemos por cuánto tiempo. El deporte colectivo, salir a bailar, quedar para hacer un picnic, los cumpleaños, son tantas cosas… el contacto, algo tan importante que asumíamos como algo dado…y me agobio, me desespera y me angustia, y no me sirve el deporte, ni el yoga ni los encuentros virtuales…pero por suerte, no son todos los días iguales.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay