
En general, un gran número de muertes están relacionadas con el alcoholismo, muchas de las cuales se producen por las complicaciones propias de la enfermedad. Actualmente, los programas de tratamiento ofrecen una alternativa a las personas alcohólicas y una esperanza de recuperación, pero lo cierto es que las estadísticas son alarmantes, hasta el punto que la Organización Mundial de la Salud está intentado tomar cartas en el asunto para reducir los efectos del alcohol.

El alcoholismo es una afección crónica y progresiva. No debe confundirse con un síntoma de otras dolencias o con la manifestación de problemas emocionales. En el cerebro, el alcohol interactúa con centros responsables del placer y de otras sensaciones deseables, lo que provoca que después de la exposición prolongada al alcohol, el cerebro se adapte a los cambios producidos por éste y se vuelva dependiente de ellos. Para las personas que padecen alcoholismo, el beber se convierte en algo imprescindible para desarrollar las actividades cotidianas, como puede ser relacionarse con otras personas o acudir al trabajo.
Entre los males más frecuentes que provoca el alcoholismo se encuentran diversos trastornos muy peligrosos como la pancreatitis o la cirrosis hepática, pero además puede empeorar y ser la causa de otras dolencias que van degradando el organismo del afectado y reduciendo su calidad y esperanza de vida. Además, los factores psicológicos que se manifiestan pueden mermar gravemente la forma de relacionarse del enfermo, produciendo un rechazo social.

En cuanto a las señales puramente físicas, el bebedor habitual presenta náuseas, vómitos, sudores, dolor abdominal y calambres. Pueden aparecer manchas o rojeces causadas por capilares dilatados, especialmente los de la cara. Es muy común también padecer confusión, temblores, cansancio inexplicable, incapacidad inusual para conciliar el sueño y pérdida de apetito, incluso intolerancia a toda la comida. En los casos más graves pueden aparecer alucinaciones, taquicardia, convulsiones y desvanecimiento. Se recomienda acudir a un hospital o llamar a una ambulancia en el caso de que haya hemorragia o pérdida de la conciencia.

El proceso de desintoxicación es difícil y más se sufre mucho con su desarrollo. Como el resto de las drogas, el alcohol produce un terrible síndrome de abstinencia, incluso en aquellos que no son adictos. Por ello, el tratamiento ha de ser paulatino y supervisado por un especialista. En algunos casos, para reducir la ansiedad, se suelen recetar sedación para controlar y aliviar los síntomas de la abstinencia. Esta etapa suele durar alrededor de una semana y pueden producir desórdenes en la alimentación, depresión y otros problemas físicos que deben ser adecuadamente vigilados.
