

La anorexia nerviosa no sólo consiste en no comer por miedo a engordar, es no gustarse a uno mismo, no aceptarse como persona, querer ser él o la mejor. El grupo más vulnerable lo constituye el colectivo de adolescentes, aunque también hay casos en personas adultas.
Existe un deseo desmedido de adelgazar acompañado de un intenso miedo a engordar por lo que se come muy poco o se siguen dietas muy severas. Se asocia la delgadez a la búsqueda de la perfección y de la felicidad -"cuando llegue al kilo "X" seré más feliz y desaparecerán todos mis problemas"-.

A veces los periodos de semiayuno y ejercicio fuera de límites racionales se entremezclan con periodos de 'atracones', generalmente seguidos de vómitos autoinducidos, y/o se emplean productos adelgazantes, laxantes y diuréticos, o se hace ejercicio excesivo, lo que conduce a un gran deterioro físico y orgánico.
La enfermedad se caracteriza por la conducta de comer grandes cantidades de alimentos en un espacio corto de tiempo (atracones), seguida casi siempre de mecanismos compensatorios: vómitos o purgas e hiperactividad, con intensos sentimientos de culpabilidad y autodesprecio, un círculo vicioso difícil de cortar, pero no imposible.

A diferencia de la anorexia, el aspecto de las personas afectadas suele ser saludable; peso normal o incluso sobrepeso, difícil de detectar exteriormente. Se padece un fuerte temor a no poder parar de comer de forma voluntaria y se muestra una muy escasa capacidad para controlar los impulsos, lo que a veces ocasiona problemas con el alcohol, las drogas y en la conducta sexual. Cambia el carácter; surgen periodos de depresión, sentimientos de vacío interno
Sin embargo, se sabe que el 80% de los casos comienza cuando se inicia una dieta de adelgazamiento sin control profesional. También se relaciona su inicio con la no aceptación de los cambios corporales durante la adolescencia, incremento rápido de peso (por ejemplo, al dejar una actividad deportiva), cambios importantes en la vida, complejos referentes al físico, problemas de relación, enfermedad o muerte de un ser querido, conflictos con la pareja o los padres.
Existen factores que pueden volver a la persona más vulnerable: baja autoestima; vivir pendientes de lo se espera de uno mismo o de dar satisfacción a los demás; tendencia al perfeccionismo, a exigirse no fallar; miedo a madurar, a crecer y a manejar la propia independencia; tener pensamientos extremos "bueno-malo, todo-nada, obeso-delgado".
Respecto a factores relacionados con la alimentación, es necesario evitar la realización de continuas dietas para adelgazar aparentemente inofensivas y sin control profesional, dedicar mucho tiempo a hablar sobre la gordura o la delgadez, la anarquía en horarios y comidas (a turnos, con prisas, desordenadas), los conflictos emocionales en torno a la alimentación. Estos factores no determinan que se vaya a desencadenar un TCA, pero si que se relacionan con un mayor riesgo.

Con respecto a la población general, es fundamental tomar conciencia del relativismo de los cánones de belleza -la belleza no da la felicidad-, del peligro que entraña realizar dietas sin control profesional, de la obsesión por el peso y la figura (cada persona es diferente). De ahí la importancia de tener unos buenos valores humanos que son lo realmente importante, y así mismo, intentar mantener unos adecuados hábitos de alimentación en casa.
En caso de intuir que se está desarrollando la enfermedad, acudir al médico para que nos oriente y proponga un tratamiento y establecer contacto con asociaciones de TCA y/o grupos de autoayuda. Gracias a los grupos; los familiares y también las personas afectadas, asumen mejor el problema, toman mayor conciencia de que se trata de una enfermedad, comprueban que no están solas, se sienten más comprendidas y arropadas, comparten sus logros y ayudan con ello a otras personas que están pasando por la misma situación, lo que da gran satisfacción personal.
Desde el punto de vista dietético y nutricional, se explicará la importancia de llevar a cabo una alimentación variada y completa, tomando diariamente la cantidad suficiente de alimentos básicos, necesarios para el buen funcionamiento de nuestro organismo.
Leche y derivados: Importantes para el mantenimiento de nuestros huesos y dientes.
Carnes-pescados y huevos: Forman parte de nuestros tejidos (músculo, huesos) y órganos.
Cereales, patatas, legumbres: Nos aportan la energía necesaria para poder realizar las funciones vitales (bombeo del corazón, respiración, mantenimiento de la temperatura corporal) y para el movimiento muscular (actividad física)
Verduras y frutas: Contienen sustancias que regulan el funcionamiento del organismo y otros elementos promotores de la salud.
Grasas: No sólo nos aportan energía de reserva si no que además, algunas son esenciales; sustancias que el organismo por sí solo no puede producir y que necesariamente ha de obtener de la alimentación.
Variar al máximo la alimentación, incluyendo alimentos de todos los grupos básicos.
Distribuir la alimentación en tres comidas principales (desayuno, comida y cena) e incluir alguna colación a media mañana o como merienda y no saltarse ninguna.
Respetar los horarios de comidas de un día para otro.
Comer poco a poco, masticar bien, en ambiente relajado y sin interferencias (TV, radio, etc.), y a ser posible en compañía de amistades o familia (comida y cena). Hacer de las principales comidas un momento de encuentro y convivencia agradable.
Incluir cada día lácteos (0,5 litros de leche y/o derivados), cereales y patata, verduras (a ser posible una cruda en forma de ensalada) y frutas (2 piezas mínimo, tratando de que una de ellas sea cítrica o rica en vitamina C); a la semana, igual frecuencia de pescado que carne, no más de 6 huevos y arroz - pasta - legumbre, 2 ó 3 veces por semana.
Otros alimentos como embutidos, dulces, bollería y repostería, snacks dulces o salados, bebidas azucaradas, etc., se recomienda consumir ocasionalmente o en pequeñas cantidades.