
Si te pregunto si has sentido estrés en algún momento de tu vida, estoy convencida de que la respuesta va a ser afirmativa. Y tras pasar por la pandemia, seguramente esta sensación, por desgracia, sea más habitual ahora.
Mayo es el mes de la salud mental, y me parece importante que hablemos de este tema, porque como digo, cada día es más y más habitual, y aunque hay muchas cosas que escapan a nuestro control, hay otras tantas que están en nuestras manos y que pueden contribuir a sentirnos mejor.
Va a ser un post intenso, algo largo. De los de guardar en favoritos (no quiero presionar jejeje), pero que creo merece la pena leer para tomar consciencia.
¿Vamos a ello?
Es una respuesta transitoria de nuestro cuerpo, a situaciones que se perciben como peligrosas o arriesgadas, y nos ponen en disposición de actuar de forma rápida. Es algo natural, y que durante cientos de miles de años, nos ha permitido sobrevivir como especie. Por si solo, es algo bueno, cuestión de supervivencia.
El estrés nos ayuda a detectar aquello a lo que debemos darle una atención prioritaria, hasta que desaparece de nuestro foco de atención (porque pasa el peligro, porque se ha resuelto, o porque deja de ser importante). Nos mantiene preparados para poder actuar rápido, y reducir los posibles daños causados.
En fin, que es una herramienta que tenemos en nuestro cuerpo, para resolver problemas. Visto así, parece bueno ¿verdad? Es más, tiene hasta nombre: eustrés. O estrés del bueno.
El eustrés es una forma positiva de aprovechar esa adrenalina, gestionándolo para usarlo como motivador. Cuando estás experimentando este tipo de estrés, sientes energía, motivación, estás activa mentalmente...
Entonces ¿cuál es el problema?
La clave está en una de las primeras palabras que he usado: transitoria. Vamos, que es algo puntual. Se presupone que tiene una duración concreta, y al acabar, tu cuerpo puede descansar de esa sensación y recuperarse. Cualquier tipo de estrés (del bueno, o del normal) es agotador ya que requiere un esfuerzo extra a tu cuerpo, y a largo plazo, puede dar problemas.
Entramos entonces en lo que se llama burnout, o la sensación de sentirse quemada. Ese estrés se siente ya como algo oscuro, lo sientes tanto física como mentalmente. Es un estado de agotamiento emocional y físico que acaba involucrando una sensación de pérdida de identidad personal y de logro. Es tal la magnitud que la OMS lo clasifica como un fenómeno ocupacional. Un estudio de 2021 establece que el 60% de los Millennial y Generación Z están sufriendo burnout en sus trabajos.
La buena noticia es que puedes entrenarte a aguantar mejor el estrés, aprendiendo a mantener la calma, y sobre todo, aprendiendo a tener espacios para desconectar y vaciar esa tensión acumulada (que es la única forma de hacerlo sostenible).
La mala es que no es algo que se aprende automáticamente y listo. Requiere consciencia y constancia, como todo lo bueno.
Como ves, el estrés es al final una respuesta de tu cuerpo a ciertos estímulos, que interpreta como peligro. Por tanto, lo que me estresa a mi, puede no ser una causa para ti. Cada una experimentamos emociones diferentes.
Te comparto las mías, en rasgos muy generales:
El multitasking. Olvídate de la creencia de que puedes hacer varias cosas a la vez, es mentira: nuestras cabezas solo pueden poner foco en una tarea. El multitasking es simplemente saltar constantemente de una a otra tarea, perdiendo efectividad. Cada vez que estoy trabajando y me doy cuenta de que he acabado con 3 o 4 tareas abiertas a la vez, tomo conciencia de cómo me siento y normalmente, la respuesta no es buena.
Los pensamientos estresantes. Así en genérico, sin entrar a temas concretos, porque pueden ser muchísimos... estos pensamientos hacen que las cosas nos parezcan más importantes o grandes de lo que realmente son. Muchas veces, si los analizamos en detalle descubrimos una creencia limitarte detrás. Es necesario localizarlos y parafrasearlos. Por ejemplo ante la frase “mi casa siempre es un desastre”, podemos parafrasearla en “mi casa está hecha un desastre ahora mismo”, implicando que es algo puntual, pero si seguimos profundizando, quizás la creencia detrás de esa preocupación es que “una buena madre tiene la casa siempre limpia” , por poner un ejemplo.
Una mala alimentación. Los procesados, azúcares, grasas, inflaman nuestro sistema digestivo, afectando al resto del cuerpo. En nuestra naturaleza, un pico de estrés requería un chute de energía rápida. Al cronificar nuestro estrés, cronificamos nuestra ingesta de esos alimentos, pero no los procesamos ni digerimos y acaban acumulándose, causando problemas. Es importante cambiar nuestra relación con los alimentos, que no sean una comodidad para atontar sentimientos, sino una herramienta para nutrirnos, limpiarnos o incluso curarnos.
La sobrecarga o el no tener momentos para desconectar. La sensación de estar siempre haciendo cosas, produciendo... manteniendo continuamente situaciones de respuesta rápida, pero sin el tan necesario tiempo de relajación y descanso posterior.
El exceso de información, en todos los sentidos. La saturación tanto informativa (y las noticias normalmente no brillan por su positividad), la saturación del entorno en que te encuentras, es una cantidad de estímulo constante hacia nuestra cabeza, que no terminamos de procesar y que nos satura. Igual que en el caso anterior, es necesario esos periodos de menor estímulo para procesar, almacenar y descansar.
Conocer e identificar los síntomas del estrés es clave para poder marcar límites y ponerle freno.
El estrés nos puede causar:
Síntomas físicos: dolor de cabeza, vértigo, mareos, insomnio u otros trastornos del sueño, tensión muscular, problemas digestivos, falta de apetito (o un exceso), palpitaciones, dificultad para respirar, bruxismo, cansancio...
Síntomas emocionales: irritabilidad, indecisión, inquietud, ansiedad, angustia, miedo, desmotivación, pérdida de libido...
Síntomas mentales: dispersión mental, percepción negativa de la realidad, desorden, dificultad en las relaciones, aislamiento..
Síntomas conductuales: abuso de pantallas, abuso de sustancias que generan dependencia (alcohol, tabaco, cafeína, azúcar), evitar ciertas situaciones...
Si la situación se alarga en el tiempo, se cronifica, la lista de problemas de salud es impresionante y por sí sola, debería ser una motivación para evitar lo antes posible el estrés:
Aumento de cortisol y un desequilibrio hormonal, que pueda afectar a la tiroides.
Ansiedad y preocupación excesiva, lo que te puede llevar a vivir en frustración, en la queja continua.
Dificultad para concentrarte y confusión mental, lo que te lleva a una menor productividad
Insomnio y fatiga crónica
Rigidez muscular
Puedes desarrollar obesidad, aumentar la cantidad de grasa corporal, sobre todo en la zona abdominal.
Aumento de insulina, que desemboque en diabetes
Alto riesgo de sufrir enfermedades cardiacas
Desajustes digestivos e inflamación interna. Que a la larga puede dañar otros órganos.
Deterioro del sistema inmunitario
La sensación de vivir desconectada del presente (siempre en el pasado o en el futuro), perdiéndote los placeres de la vida, con una permanente sensación de insatisfacción y vacío.
Me está quedando un post de lo más alegre ¿verdad?
Cambiemos las tornas. Porque hay muchas cosas que podemos hacer, e incorporar en nuestras rutinas, para reducir los efectos del estrés.
Podemos actuar en varias áreas:
Busca aquello que te funcione a ti, al igual que no todos reaccionamos igual, no todos necesitamos lo mismo para desconectar y recargar.
Te comparto una (algo larga) lista de ideas o áreas que puedes incorporar en tus rutinas para ayudarte a rebajar los niveles de estrés. Recuerda: empieza de uno en uno (no quieras hacer todos y al final sea sumar más carga)
Yo no soy ni terapeuta ni psicóloga por lo que mis notas son solo la punta del iceberg. La ayuda profesional es lo más recomendado siempre.
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