En cuestión de unas semanas, la vida de los ciudadanos de medio planeta ha cambiado radicalmente. Hemos pasado de estar en una situación bastante acomodada a tener que confinarnos en el hogar durante semanas con la preocupación constante de que una enfermedad potencialmente mortal para determinados sectores de la población podía ser contagiada fácil y rápidamente.No obstante, no estamos en un estado de excepción o en un estado de toque de queda, pero no por ello podemos evitar haber sentido agobio y reclusión. Ante esto, ¿Cuáles son las consecuencias del aislamiento forzoso y cómo olvidar relativamente la frustración e hipocondría que ha atraído el coronavirus?
Ante todo, la situación actual incluye variables que no existían en otros momentos de la historia, como sucede con la difusión de noticias falsas unida a la hiperconexión. Estas dos variables han llevado a la población a sobredimensionar una situación que, siendo grave, podía ser llevada más fácilmente.
La mayor consecuencia del aislamiento forzoso vivido con el coronavirus es el agravamiento de las enfermedades preexistentes vinculadas a la ansiedad, la hipocondría y otros trastornos emocionales. Ante esta nueva situación, se recomienda consultar con el psicólogo ya que pueden haberse acentuado ciertos patrones de conducta que pueden resultar nocivos para el ciudadano.
En el caso de la sociedad general, los más vulnerables después del coronavirus han sido las personas mayores de 65 años que viven solas que han podido desarrollar fobias asociadas a la reclusión.
El gran inconveniente de un aislamiento prolongado es que la ansiedad que se padece puede generalizarse. El individuo puede continuar sintiendo que está siendo amenazado por la enfermedad o puede desarrollar problemas psicológicos relacionados con la paranoia.
Ante una situación de estas características, que fácilmente puede volver a repetirse, existen ciertas técnicas para mantener la cordura ante situaciones forzosas de aislamiento social: