El Yoga ha encontrado un espacio en la vida de millones de personas que actualmente asisten a clases regulares o retiros.
El Yoga es, siempre lo ha sido, un medio que facilita al practicante conectar con lo mejor de sí mismo. Aporta recursos que le invitan a mirar hacia adentro, promoviendo cultivar ese gran tesoro que es tener “vida interior”.
La enseñanza del Yoga inspira a sus practicantes en elevados ideales y justas actitudes muy necesarias en estos tiempos de tránsito que vivimos.
Toda enseñanza necesita contar con tres elementos bien diferenciados para definirse como tal y el Yoga como tal también los precisa:
Puedo afirmar que si el receptor posee internamente las condiciones necesarias no precisa del maestro de Yoga para acceder a la verdad de las cosas, se relaciona directamente con Ella, sobrando este tercer elemento. No obstante lo anterior no es lo común, pocos han sido los que no han necesitado orientación y el Yoga ha contado con la figura del maestro/a o profesor desde sus inicios, la ha reforzado y cuidado.
Esta figura ha ido evolucionando y también su relación con el alumnado. Se ha pasado de un maestro/a con un solo discípulo con el que convivía durante años en una cueva en las montañas a profesoras/es que ofrecen la enseñanza a grupos numerosos en grandes ciudades.
Se ha pasado de una enseñanza clásica impartida por imitación a actuales formas de enseñar que contemplan extraordinarias herramientas de pedagogía, donde el Yoga se adapta al estado real del alumno sin perder su objetivo esencial, la experiencia espiritual.
Actualmente la labor del profesor/a es imprescindible, acompaña a sus alumnos en un momento muy delicado, en el primer contacto con una enseñanza que puede transformar su vida.
Asume una enorme responsabilidad, de su profesionalidad y buen hacer va a depender, en ocasiones, la continuidad o abandono de una persona en búsqueda de la verdad.
Podemos decir que el alumno pone en manos de su profesor/a una parte de su alma y el docente tiene que estar a la altura. Es preciso ahora más que nunca, que los profesores se preparen, se formen eficientemente y que, antes de impartir, hayan integrado suficientemente lo que van a compartir después en sus clases.
Existe actualmente una demanda, en las personas que asisten a las clases, solicitando profesores/as que no solo le digan como poner el brazo en un asana, sino que además, les enseñen a meditar a explorar, conocer y experimentar.
También, en la sociedad actual, saturada de vivir en la superficialidad y la apariencia, se ha activado una urgente necesidad de encontrar referencias auténticas que les sirvan de inspiración.
En las clases de yoga el profesor/a ha de asumir el papel como elemento referente, por lo que es de suma importancia que asuma la responsabilidad que le corresponde como orientador-guía, ha de colocarse como ejemplo de congruencia y honestidad, transmitiendo con su sola presencia, los principios que expone en sus clases.
Para llevar a cabo lo anterior apreciamos tres formas, a través de las cuales el profesor/a comparte la enseñanza del Yoga; instrucción, ejemplo y presencia, siendo la instrucción la forma menor de enseñar y la presencia la más elevada.
La combinación justa de las tres hacen de las clases de yoga un medio de transformación individual y social.
A continuación estas palabras de Sri Aurobindo, extraídas de su libro “La síntesis del Yoga” resultan inspiradoras a la hora comprender el papel del profesor/a y su relación con la eneñanza.
Editor: Kier
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