La propia naturaleza emplea mecanismos, para que en nuestra evolución, podamos ir adquiriendo habilidades que nos hagan sobrevivir. Nos empeñamos muchas veces en eludir el dolor que nos generan ciertas situaciones a las que debemos de enfrentarnos. Los sacrificios y el esfuerzo forman parte de nuestra naturaleza y tienen un gran sentido, como veremos a continuación.
En la naturaleza, tal y como dijo el naturalista más influyente de la historia, Charles Darwin, resulta evidente que sobrevive y evoluciona el más apto. Con el más apto se refería esencialmente a que hay ciertos rasgos que se reproducen en las siguientes generaciones sobre otros, mientras que los que ya no sirven y carecen de función biológica tienden a desaparecer. Esto forma parte de la selección natural.
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A razón de muchos factores intentamos eludir el dolor: ya sea por una situación que nos causa miedo, por algo que supone un gran esfuerzo y sacrificio, hacia lo desconocido, lo que creemos que no seremos capaces, etc. Cuanto más intentamos evitar ciertas situaciones, nuestro miedo aumenta y la dificultad se hace cada vez mayor.
Hay situaciones que son difíciles para una gran cantidad de personas como: comenzar con un nuevo trabajo, hablar en público, relacionarse con extraños, comprometerse en una relación, tener hijos, etc. Todas ellas situaciones que se nos presentan a lo largo de la vida e intentar evitarlas solo nos causa más problemas.
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«Un día de primavera, un viajante descansaba tranquilamente al borde del camino bajo un árbol. Mirando la naturaleza que le rodeaba, observó cómo la oruga de una crisálida de mariposa intentaba abrirse paso a través de una pequeña abertura aparecida en el capullo.
Estuvo largo rato contemplando cómo la mariposa iba esforzándose hasta que, de repente, pareció detenerse. Tal vez la mariposa –pensó aquel hombre- había llegado al límite de sus fuerzas y no conseguiría ir más lejos.
Así que, decidido a ayudar a la mariposa, cogió unas tijeras de su mochila y ensanchó el orificio del capullo. La mariposa, de esta forma, salió fácilmente. Su cuerpo estaba blanquecino, era pequeño y tenía las alas aplastadas. El hombre, preocupado, continuó observándola esperando que, en cualquier momento, la mariposa abriera sus alas, las estirara y echara a volar. Pero pasó el tiempo y nada de eso ocurrió.
La mariposa nunca voló, y las pocas horas que sobrevivió las pasó arrastrando lastimosamente su cuerpo débil y sus alas encogidas hasta que, finalmente, murió.
Aquel caminante, cargado de buenas intenciones, con voluntad de ayudar y evitar el sufrimiento a la mariposa, no comprendió que el esfuerzo de aquel insecto para abrirse camino a través del capullo era absolutamente vital y necesario, pues esa era, precisamente, la manera que la naturaleza había dispuesto para que la circulación de su cuerpo llegara a las alas, y estuviera lista para volar una vez hubiera salido al exterior.»
En el cuento anterior justamente fue esto lo que falto: tiempo y esfuerzo. La mariposa, se encontraba en ese periodo sensible en el que tenía que hacer el esfuerzo suficiente en beneficio de su posterior supervivencia. Este esfuerzo al ser impedido por un ser ajeno, destruyó las posibilidades de la mariposa para desarrollarse y sobrevivir. Esto nos puede servir como metáfora, para saber que hay ciertas experiencias por las que debemos pasar, y nadie puede enfrentarse a ellas por nosotros, ya que forman parte de nuestra propia evolución.
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