
La neumonía atípica es una infección pulmonar causada por microorganismos poco comunes como bacterias, virus u hongos específicos. A diferencia de la neumonía bacteriana tradicional, esta afección tiene características propias que debes conocer para detectarla a tiempo.
Aunque en la mayoría de casos la enfermedad tiene una evolución benigna, algunas variantes pueden ser graves si no reciben tratamiento adecuado. Por eso es importante reconocer sus síntomas desde el primer momento.
Existen varios tipos de neumonía atípica según el microorganismo que la provoca. Entre los más conocidos están el síndrome respiratorio agudo grave (SARS), la neumonía por Mycoplasma, la causada por Chlamydia y la provocada por virus respiratorios atípicos.
Cada tipo presenta características ligeramente diferentes, pero comparten síntomas comunes que hacen que sea difícil diferenciarla de otros tipos de neumonía sin pruebas médicas específicas.
Aunque puede presentarse a cualquier edad, la neumonía atípica es especialmente común en niños menores de 3 meses y en menores de edad entre 3 años y la adolescencia.
Los adultos también pueden contraerla, siendo más vulnerable el grupo de personas mayores de 65 años o con sistemas inmunológicos debilitados. Las personas con enfermedades crónicas corren mayor riesgo de complicaciones.

Contrario a lo que se creía inicialmente, la neumonía atípica se transmite por el aire y no solo por contacto directo con objetos contaminados.
El virus se propaga a través de gotitas respiratorias cuando una persona infectada tose, estornuda o habla. El período de incubación es de 2 a 7 días, es decir, pueden pasar hasta una semana desde el contagio hasta que aparezcan los primeros síntomas.
Los síntomas de la neumonía atípica son similares a los de un resfriado o gripe, pero más persistentes. Debes estar atento si experimentas lo siguiente:
Si presentas estos síntomas durante más de una semana, especialmente dificultad para respirar, consulta con tu médico de inmediato.
El tratamiento principal de la neumonía atípica se basa en antibióticos específicos prescritos por tu médico. Los antibióticos macrólidos como la azitromicina o la eritromicina suelen ser efectivos contra este tipo de infección.
En casos leves, el tratamiento ambulatorio con medicinas vía oral es suficiente. Sin embargo, en casos severos puede ser necesaria la hospitalización para administrar antibióticos por vía intravenosa y proporcionar oxígeno terapéutico.
La hospitalización permite un seguimiento más cercano y manejo de posibles complicaciones como insuficiencia respiratoria.